SIGMUND MAUER Y EL MALDITO MONSTRUO INFERNAL C.G. Martin SMASHWORDS EDITION * * * * * Sigmund Mauer y el maldito monstruo infernal Copyright © 2012 Carlos Gómez cegemartin@gmail.com All rights reserved. Without limiting the rights under copyright reserved above, no part of this publication may be reproduced, stored in or introduced into a retrieval system, or transmitted, in any form, or by any means (electronic, mechanical, photocopying, recording, or otherwise) without the prior written permission of both the copyright owner and the above publisher of this book. This is a work of fiction. Names, characters, places, brands, media, and incidents are either the product of the author's imagination or are used fictitiously. The author acknowledges the trademarked status and trademark owners of various products referenced in this work of fiction, which have been used without permission. The publication/use of these trademarks is not authorized, associated with, or sponsored by the trademark owners. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del autor. La presente novela es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y sucesos en él descritos son producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Smashwords Edition License Notes This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each person you share it with. 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En la mesa, bajo el manto blanco de papeles, se escondía un ordenador del cual sólo sobresalía la pantalla. Detrás del escritorio, una gran ventana que debía iluminar el despacho, tenía la cortina perpetuamente echada. La luz refleja en la pantalla se excusaba César para no tener que descorrerlas. Por eso y porque la potencia de la lámpara era insuficiente el despacho tenía un aspecto lúgubre. Sólo el flexo de la mesa impedía la fatiga de sus ojos. La puerta frontal se abrió y entró una figura alta y desgarbada. Era un hombre de unos treinta años que mostraba en sus primeras canas y unas casi imperceptibles entradas el final de su mocedad. Tenía la tez pálida y el cabello corto de color castaño oscuro. Vestía sin ninguna armonía, combinando los colores de modo despreocupado y jugando con rayas, cuadros y topos con absoluta desvergüenza. No lo hacía por extravagancia o provocación sino por una preocupante falta de interés en la moda. El único rasgo de coquetería que tenía era un inapreciable bigote sobre su labio. El hombre sorteó los libros del suelo con la asombrosa agilidad de quien conoce bien el camino. Llegó al escritorio donde dejó, prácticamente tiró, unos papeles. Se deslizaron por la mesa sin oposición hasta llegar al borde, sin llegar a caer. Después se dirigió a la puerta lateral que tenía una placa donde se leía: “Sigmund Mauer. Catedrático en parapsicología”. Estaba a punto de llamar a la puerta cuando un estruendo en el despacho del profesor Mauer le detuvo. Atónito, acercó su cara a la puerta. Oyó unos pasos rápidos y cortos seguidos del ruido de objetos cayéndose. La voz del profesor maldecía mientras retumbaba una risa de hiena. Escuchó un bastonazo seco, algo que se hacía añicos y más risas. Inquieto, el hombre golpeó a la puerta con energía. Los ruidos cesaron, unos pasos se acercaban y la puerta se entreabrió. Asomó una gran cabeza con el cabello blanco enmarañado y una espesa barba a juego. Sus profundos ojos azules le miraban con parsimonia, dando la sensación de llevar una tarde aburrida en su despacho. Confundido ante la tranquilidad del hombre, el joven no acertaba a articular palabra. El profesor se adelantó a su ayudante. - ¿Qué quieres, César? - Ha llegado el conde de Esparza. Te está esperando en el vestíbulo. El profesor se mostró disgustado y frunció el ceño. Se mesó la barba inconscientemente mientras pensaba una respuesta. - Ahora no puedo atenderle. Entreténle un rato y enseguida estaré con vosotros. Un nuevo ruido centró su atención desapareciendo en su despacho dando un portazo. César lanzó un suspiro resignado y se dirigió a la secretaría del departamento. Sentado sobre la mesa de Lidia, la secretaria, había un hombre elegante y apuesto de mediana edad. Le hablaba con un galanteo que ella aceptaba riendo discretamente. De tez bronceada, sonrisa deslumbrante y cuidadosamente repeinado, el conde vestía pulcramente, de manera informal y con selecta ropa de las mejores marcas. Lucía un pequeño bigote a lo largo de la comisura de los labios, al igual que César, que le daba un aire de galán de cine mudo, a diferencia del de César que apenas si mostraba un posible parentesco con Cantinflas. Donjuán impenitente no desaprovechaba ninguna ocasión para flirtear con cualquier dama, cualquiera. Al llegar César a su lado el hombre se reincorporó dejando la charla con la secretaria de lado. Miraba tras el ayudante buscando al profesor. Al no verle mostró un semblante severo. Se tocaba con los dedos el bigote nerviosamente mientras esperaba una explicación convincente. - El profesor Mauer le recibirá enseguida. Me ha pedido que le espere en la biblioteca. Sígame, por favor. Con la mano le indicó que le acompañara mientras salía del departamento. - A mí no se me hace esperar. Soy un hombre muy ocupado – protestó con orgullo el conde, tras lo cual le siguió al pasillo como un corderito dejando a Lídia nuevamente con sus tareas. II. El despacho estaba en penumbra obligando al profesor a moverse a tientas. Al acecho del menor ruido, esgrimía un bastón a modo de arma. Oyó unos pasos rápidos a su izquierda y objetos que se caían. Descargó enérgicamente el bastón arrancando de cuajo una estantería. Una risa burlona retumbó tras de él. Se giró y vio una sombra encima del escritorio. Se acercaba lentamente a la mesa cuando tropezó con una silla. Unos libros, que estaban encima, cayeron con tan mala fortuna que el más voluminoso impactó en su pie. Lanzó un alarido de dolor y un nuevo golpe en venganza. Algo se hizo añicos sobre el escritorio pero la risa burlona había quedado intacta. Enfadado agitó su arma al aire descorriendo involuntariamente las cortinas. La luz inundó el despacho dejando al descubierto a una criatura infernal. Era un ser humanoide de rostro simiesco, pelaje gris y patas de cabra. Sus formas carnosas y redondeadas escondían una endiablada fuerza y agilidad. En el pecho asomaba un tercer brazo pequeño con el que se rascaba la barriga. En sus manos tenía unas garras afiladas; las utilizaba para rasgar los papeles que tenía a su alcance. En su cara tres ojos brillantes miraban con malicia. Estaban colocados en forma de triángulo y eran de colores diferentes: uno azul, uno rojo y otro verde. Su sonrisa burlona mostraba dos pequeños colmillos puntiagudos. Su pelo, al entrar en contacto con la luz, resplandecía como el crepúsculo. El profesor, aterrado, veía por primera vez a la criatura en todo su esplendor. Despacio, se acercó al escritorio dispuesto a noquearle de un golpe. La bestia reía sin parar rompiendo el temple del profesor que, precipitadamente, se abalanzó hacia la mesa. El ser dio un salto, atravesó la ventana y desapareció tras ella. Rápidamente el profesor se asomó a la ventana. La criatura caminaba por la cornisa y se preparaba para subir por la fachada. Con extraordinaria agilidad escaló hasta llegar a la altura de una ventana de la planta superior. Rompió los cristales de un manotazo y entró de nuevo en el edificio. Encima de su despacho estaba el laboratorio del doctor Bernini, hombre tranquilo y sedentario poco amante de las emociones fuertes. Un grito grave indicó al profesor Mauer que el doctor había conocido a la criatura. Alarmado, salió corriendo sin olvidar tomar su bastón. Se dirigía hacia los ascensores cuando vio de espaldas a César y al conde. Se detuvo y, sin hacer ruido, tomó el camino opuesto hacia las escaleras. Pese a la importancia del conde, en ese momento no podía recibir visitas. III. César y el conde caminaban hacia la biblioteca por el pasillo ante la mirada curiosa de los estudiantes. El ayudante del profesor Mauer estaba incómodo ante el magnetismo que producía el conde a su paso. No le molestaba su indudable carisma sino su actitud modesta y próxima que, sólo aparentemente, tenía el conde. Sabía que todo era fachada y le disgustaba el engaño, o tal vez fuera envidia. Rodeando el claustro llegaron a la puerta de la biblioteca de la facultad de humanidades. La universidad privada de San Marcial Apuntador contaba con tres facultades: las de ciencias, económicas y humanidades. En esta última era donde trabajaba el profesor Mauer y su equipo, así como todo aquel con una ubicación provisional, como el doctor Bernini. La aspiración del departamento de Ciencias Ocultas era la de conseguir un edificio propio y formar una facultad independiente. Había sido una promesa del rector cuando le ofreció la cátedra al profesor Mauer. Pero para ello necesitaba el mecenazgo del conde de Esparza. La universidad constaba, además de las tres facultades, de una rectoría, una pequeña residencia de estudiantes, una iglesia y algunos pequeños edificios suplementarios. Disponía, así mismo, de una apreciable extensión de terreno donde había pistas deportivas, jardines y espacios libres para la construcción de nuevos edificios. También, más apartado, había un antiguo cementerio y una cripta. El edificio de la rectoría, el principal y tomado como modelo en la construcción de las facultades, fue en su origen un monasterio cisterciense. Disponía de un claustro, que ejercía de núcleo central, rodeado de cuatro edificios comunicados entre sí: uno frontal de una sola planta utilizado como vestíbulo y recepción, dos laterales de tres plantas con el pasillo abierto hacia el claustro y el posterior de cuatro plantas completamente cerrado para evitar las inclemencias del tiempo. La fundación de la universidad vino precedida de escándalo, corrupción y muertes, dejando en su reputación una mancha que ha perdurado hasta hoy en día. A finales del siglo XVIII un comerciante llamado Jacobo de Armesto, tras hacer fortuna, regresó a su pueblo natal a disfrutar del retiro. Compró una casa y se dispuso a vivir de sus grandes rentas producidas en negocios poco éticos. No tardó mucho en llevar una vida disoluta. Comenzó a malgastar su fortuna en fastuosas fiestas que daba como señal de ostentación. Los festejos, cada vez más frecuentes, se prolongaban más y más en la noche. Conforme ganaban fama las celebraciones de Jacobo venía más gente distinguida de lugares más lejanos. Pronto era conocida más allá de la región llegando su fama hasta Madrid, Aragón y el sur de Francia. Se comía y se bebía hasta el hartazgo. Nunca escaseaba el buen vino, ni los licores o manjares. Los músicos tocaban hasta el amanecer, mujeres y tahúres se agolpaban en la casa con la intención aprovecharse y sacar tajada. Pero no todo el mundo estaba contento. Las fiestas daban mala fama al pueblo. El sacerdote le censuraba la vida libertina y pecaminosa que llevaba pero Jacobo no le hacía caso. Se burlaba de él convidándole a sus fiestas. - Le espero esta noche, padre. Una noche, en una de sus fiestas entró un hombre que destacaba por su elegancia y distinción. Vestía con levita y calzas verde a la última moda. De su chaleco blanco sobresalía un cuello con chorreras y llevaba en la mano un extravagante sombreo verde, adornado con una pluma de pavo real. Tenía un curioso antojo en forma de pez sobre el pómulo derecho. Lucía una pompa propia de la corte. Se movía entre la gente con fingida camaradería pero se le notaba incómodo entre personas que consideraba de inferior clase social. Acompañaba a Rodrigo de Almansa, un diplomático venido a menos que frecuentaba habitualmente estas fiestas. Jacobo de Armesto, adulador interesado, se acercó a sus distinguidos invitados para presentarse. - Jacobo, este es mi buen amigo Jean de Martineu. Viene de Burdeos. - Una magnifica fiesta, señor. Digna de un rey. El refinamiento y la prestancia del francés maravillaban a Jacobo que no paraba de agasajar a su invitado. Jean de Martineau llevaba el peso de la conversación con una exquisita oratoria y una gran elocuencia. Rodrigo de Almansa, aburrido, se disculpó para perseguir a una señorita que le guiñaba el ojo. La conversación, que conducía Jean de Martineau con notable maestría, la fue llevando hacia los terrenos que le interesaban. - Para llegar a la auténtica inmortalidad ya no es suficiente con hacer grandes gestas. Hay que dejar impronta. - ¿A qué se refiere, señor? - A algo que la gente recuerde. Que la gente pueda ver y palpar. A algo físico. - Ya le entiendo. Yo estaba pensando en financiar la construcción de una iglesia en el pueblo. - La religión es el pasado. El conocimiento es el futuro. Pensaba en una universidad. - ¿Una universidad? - Sí, pero no una cualquiera. Una moderna, revolucionaria, con las nuevas ideas ilustradas que están cambiando el mundo. Única en España y en Europa. - Una universidad,... Jean había conseguido engatusar a Jacobo que sin dudarlo prestó su apoyo y su dinero a esa idea. Dispuesto a empezar enseguida invitó al francés a hospedarse en su casa mientras ponían en marcha el proyecto. A la mañana siguiente acometieron las primeras decisiones. Jean había tomado el mando aceptando Jacobo sumisamente un papel secundario. Lo primero era encontrar una buena ubicación. - Sería deseable un edificio grande con terrenos aledaños. Un edificio existente nos ahorraría tiempo. ¿Conoce alguno? - Mi casa es grande y tengo terrenos. - No, no. Más grande. - El monasterio de San Marcial Apuntador. Está en las afueras del pueblo. - Perfecto. Un monasterio abandonado es un lugar ideal. - No está abandonado. Pertenece a los monjes cistercienses. - Tal vez si hablara con el obispo y le convenciera de alguna forma,... Jacobo de Armesto era un hombre acostumbrado a hacer tratos poco honestos. Era de los que opinaba que con una bolsa de monedas se puede comprar voluntades. El obispo que le recibió era un hombre ambicioso. Escuchó atentamente y con agrado la propuesta cargada de regalos que recibió. Tras la vista prometió interceder por ellos. El obispo se pronunció a favor de la cesión del monasterio a Jacobo para la construcción de la universidad. La noticia fue recibida con consternación y asombro en el pueblo. Se ordenó a los monjes abandonar el monasterio en el plazo de dos días. El abad acató el polémico precepto pero no todos los monjes lo hicieron. Siete de ellos, encabezados por el hermano Jerónimo, permanecieron encerrados en el monasterio bloqueando las entradas en señal de insumisión. El obispo y el abad intentaron convencerles. Negociaron y presionaron a los monjes rebeldes pero no tuvieron éxito. Jacobo, resignado, propuso al francés cambiar la ubicación de la universidad recibiendo una tajante negativa. Jean de Martineau estaba visiblemente enfadado y comenzaba a impacientarse. Pidió hablar personalmente con los rebeldes para solucionar el problema. Le recibió el hermano Jerónimo desconfiado. La conversación fue corta pero intensa. Jean comenzó haciendo gala de su diplomacia y elocuencia. Pero sus intentos fueron en balde. El monje, inflexible, no sucumbía a sus criterios. El francés fue endureciendo sus palabras hasta bordear las amenazas. El monje puso fin a al discusión despidiéndole. El francés respondió con una advertencia. - No enoje a quien no puede apaciguar. Se fue enfadado meditando la forma de actuar. Se encerró en su habitación y no salió en todo la tarde. Al día siguiente el hermano Jerónimo recibió una carta anónima. El remitente aseguraba que el obispo había sido sobornado y decía tener pruebas. Emplazaba al monje y sus compañeros a una reunión secreta en la cripta de los abades donde discutirían como proceder. Firmaba como un amigo. No sin dudas sobre la veracidad del mensaje y sus intenciones se presentaron los siete monjes en la cripta a la hora señalada. Aquella noche la luna se mostraba en todo su esplendor. En la plácida noche de plenilunio reinaba el silencio y la quietud. Unos pasos furtivos rompieron la paz existente. Un hombre corría ensangrentado volviendo la vista como si alguien le persiguiera. Los hábitos le delataban como uno de los monjes. Excitado y nervioso entró en el monasterio atrancando la puerta tras él. Con premura se dirigió a la biblioteca. Tiró todos los libros y estanterías al suelo. Oía unos golpes que intentaban echar la puerta abajo. No hizo caso y siguió con su tarea. Cuando reunió todos los libros en el centro de la biblioteca les prendió fuego. Se quedó mirando hasta cerciorarse de que todo quedaba reducido a cenizas. A la mañana siguiente se encontraron al monje vagando por el campo en estado de shock. Era el hermano Jerónimo. No era capaz de emitir palabra alguna ni consiguieron devolverle la cordura. En el monasterio hallaron la cripta llena de sangre pero nunca encontraron a los otros seis monjes restantes. Ese mismo día Jean de Martineau se presentó en la biblioteca. Escarbó un poco entre las cenizas. Todo había quedado destruido. Enfadado, se fue sin despedirse dejando a Jacobo con un monasterio abandonado que le había costado su fortuna. César y su acompañante entraron en la biblioteca. Era una sala grande con muchas estanterías repletas de libros, como cualquier biblioteca. Las estanterías se distribuían dándole un aspecto laberíntico. Ninguno de los dos mostró interés en aquel detalle. La atravesaron hasta llegar a una puerta. César sacó una llave y la abrió. Dentro había otra sala, mucho más pequeña. En esta, además de alguna estantería con libros antiguos, había unas vitrinas repletas de objetos antiguos y extraños. El conde mostró síntomas de impaciencia al no hallar al profesor Mauer en la sala. IV. El profesor Mauer subió las escaleras corriendo y se dirigió al laboratorio del doctor Bernini. Sentado junto a la puerta un hombre de baja estatura y cuerpo voluminoso se secaba el sudor con un pañuelo. Tenía la cara pálida y la respiración entrecortada. Era un hombre de más de cincuenta años, con escaso pelo blanco y rizado, cara redonda y un mostacho moreno. Llevaba una bata blanca y unas gafas de montura metálica que corregían su gran miopía. Levantó la mirada al ver llegar al profesor por el pasillo. Soltó un suspiro de alivio y resignación. Ahora comenzaba a entenderlo todo. Solo podía ser obra del profesor Mauer, pensó. - Amadeo. ¿Te encuentras bien? - No deberías dejar animales sueltos en la facultad.- Le recriminó con tranquilidad el doctor Amadeo Bernini. – Estaba trabajando cuando ha entrado por la ventana una bestia horrible. Ha comenzado a chillar y lanzarme las herramientas. Naturalmente me he tenido que ir para no molestarle. - Lo lamento Amadeo. Ha sido un accidente. Lo estaba examinando cuando se me ha escapado de la jaula. Es endiabladamente rápido. - ¿Qué especie de animal es, Sigmund? Yo diría que es de la familia de los cornudos. - Es cuegle, un extraño animal casi mitológico. Durante siglos se consideraba que eran habladurías de viejas. Circulaban historias de sus fechorías en los picos de Europa, en Cantabria, pero nunca se habían aportado pruebas de su existencia. Nunca se capturó ninguno vivo ni se encontraron restos suyos. No hay fotos ni videos. Sólo testigos, no todos muy fiables. - ¿Cómo has conseguido uno? - En una subasta de Internet. Imagínate mi cara cuando lo vi. Puje fuerte contra otra persona pero finalmente... ¡Mio! - ¿Y ahora que hacemos con el animal? Los dos sabios quedaron en silencio pensando en una solución. Se oía el alboroto de la criatura golpeando, destrozando y tirando todo lo que encontraba. Entre golpe y golpe esa inconfundible risa que ponía nervioso al profesor. Estaba reflexionando en busca de un plan para capturar a la bestia cuando notó algo extraño. - ¿Has oído eso? – preguntó al doctor Bernini - ¿El qué? Yo no oigo nada. - Exacto. Voy a entrar. Amadeo, déjame tu bata. El doctor se la dio. El profesor Mauer abrió la puerta despacio. Entró con sigilo, seguido a una distancia prudencial del doctor Bernini. El laboratorio estaba destrozado: libros por el suelo con las hojas arrancadas, cristales rotos, máquinas abolladas,... pero ni rastro de la criatura. El profesor caminaba con la bata extendida a modo de una improvisada red. Examinó la habitación y al no ver al animal se relajó. Una risa molesta rompió su tranquilidad. Detrás de él, sobre el dintel de la puerta, el cuegle le sonreía con una botella en la mano. - ¡Es ácido clorhídrico!- alertó el doctor al percatarse. El profesor reculó despacio sin dejar de mirar a la criatura y a la botella. Chocó con una mesa, que volcó rápidamente parapetándose detrás. La botella de ácido voló por encima de su cabeza hasta estrellarse en la pared. Ahora era el momento del contraataque. El profesor se lanzó con la bata desplegada contra la bestia diabólica. De un brinco esquivó el ataque y se plantó en la ventana. Les miró con una sonrisa burlona y saltó al vacío. El doctor, que había permanecido pasivo en el umbral de la puerta, se acercó a la ventana. La bestia cayó de pie con la agilidad de un gato y desapareció entre las plantas del jardín. - ¿Dónde ha ido? – preguntó el profesor asomándose a la ventana. El doctor le señaló el lugar. El profesor Mauer corrió hacia la salida y al llegar a la puerta le gritó a su colega. - Vamos. Hay que atraparlo. V. El conde miraba curioso una de las vitrinas de la sala. Los objetos expuestos le parecían sacados de una mal película de terror: máscaras grotescas, cruces, dagas, utensilios de tortura,... y un pequeño muñeco de trapo. Se lo quedó mirando atentamente. Vestía con un pantalón y chaqueta oscura, tenía el pelo blanco revuelto y una poblada barba. Sonrió, le recordaba al profesor Mauer. - Es un muñeco vudú. Habrá notado que se parece al profesor. - le dijo Cesar adivinando sus pensamientos. Abrió la vitrina con la llave, sacó el muñeco y se lo ofreció al conde. Este lo agarró y lo observó con detenimiento. - Es gracioso. Me gustaría tener uno mío. - No se lo recomiendo. Déjeme que le cuente la historia del muñeco. El profesor Mauer y yo habíamos sido invitados a participar en un simposio en la República Dominicana. El tema de la conferencia era: “Santería y magia negra” y se realizaba en la Universidad de Santo Domingo. Rolando Rodrígues, antiguo colaborador del profesor, nos recogió del aeropuerto y nos acompañó al hotel donde nos íbamos a alojar. Iba a ser nuestro anfitrión durante la estancia. El lunes el profesor dio su conferencia y participamos durante la semana en los debates y coloquios. El viernes acudimos a la cena de clausura del simposio. Este es el momento más divertido de las reuniones. Los distinguidos académicos, tras consumir bebidas espiritosas, se divierten contando chistes e imitándose unos a otros. Transcurría la noche alegremente cuando el profesor comenzó a sentirse indispuesto. Tenía mareos y náuseas. El malestar empeoró hasta hacerle vomitar. Decidí llevarlo de vuelta al hotel. Pensé que había bebido demasiado. Aunque no era lo habitual no era la primera vez que se excedía. En la habitación le desvestí y lo acosté. Tenía fiebre y comenzaba a delirar. Por la mañana la fiebre le había subido. Seguía con delirios por lo que llamé a recepción pidiendo un médico. Llegó a los pocos minutos. Tras examinarle me aconsejó hospitalizarlo. Allí podrían cuidarlo mejor y hacerle algunas pruebas. En el hospital, Rolando y yo nos quedamos en la sala de espera. Al cabo de unas horas nos permitieron visitarle en su habitación. Seguía con fiebre alta pero dormía plácidamente. Inesperadamente abrió los ojos y, retorciéndose, gritaba algo ininteligible. Después se calmó y se quedó dormido otra vez. - ¿Qué ha dicho? - No lo sé. No le he entendido. - Carambey. Ha dicho Carambey.- Un hombre anciano acostado en la cama de al lado nos contestó a la pregunta. Era el compañero de habitación del profesor. No había reparado en él cuando entré. – Carambey es un pueblesito de la provinsia de Elías Piña. A su compai le han hecho magia negra. - ¿Magia negra? Esto es grave.- Rolando frunció el ceño preocupado - ¿Qué tenemos que hacer?- le pregunté inquieto ya que él era experto en santería. - Ustedes deben destruir el muñeco vudú.– dijo el anciano indicando la solución al problema - Sólo así se curará. Pero ustedes deben darse prisa. Únicamente tienen tres días para deshaser el conjuro. Después se convertirá en un zombi esclavo de la bruja? - ¿Qué hacemos? ¿Por dónde empezamos? – pregunté intentando asimilar la información. - Hay que ir a Carambey. Es nuestra única pista. La situación era más grave que una simple indigestión. Como estaba atardeciendo decidimos salir por la mañana. Aquella noche no pude dormir. Preocupado por el profesor. No soy un experto en magia negra y tenía la sensación que todo esto me superaba Siguiendo el plan salimos al amanecer. Teníamos por delante más de tres horas de viaje y una búsqueda incierta. Había que aprovechar todo el día. El pueblo estaba en el sudoeste del país, cerca de la frontera con Haití. Durante el trayecto permanecimos callados. Las preocupaciones me abrumaban. Fuimos dejando las carreteras principales por otras más secundarias hasta acabar en un camino de tierra a los pies de las montañas. Llegamos finalmente a un pequeño pueblo que el mapa indicaba como Carambey. El pueblo apenas tenía una calle principal con una decena de casa de madera. La gente desapareció en cuanto vieron a dos forasteros, nosotros. La calle quedó desierta. Yo sospechaba que nos espiaban desde las ventanas. Salimos del coche. Rolando me señaló un bar donde podíamos hacer preguntas. Era un buen lugar para empezar. Entramos en el local. El barullo reinante se tornó en murmullo y después en silencio. Eramos el centro de atención de todos los ojos. Rolando, tomando la iniciativa, se sentó en la barra. Me situé a su lado y pedimos dos bebidas. Intentó iniciar una conversación con el camarero. Empezó con temas informales como el tiempo o el béisbol pero no obtuvo ninguna respuesta. El camarero estaba incómodo con nuestra presencia. Impaciente decidí ser más directo y le pregunté al camarero en voz alta, para que todos me oyeran, acerca de alguna santera. El hombre quedó paralizado y nos miró asustado. Un vaso cayó al suelo haciéndose añicos. Alguien salió precipitadamente del bar. El camarero, retomando el aplomo, nos pidió que pagáramos la cuenta excusándose en que tenía que cerrar. Dejamos unas monedas sobre la barra y nos fuimos. La visita no había sido del todo infructuosa. Sus reacciones nos indicaban que estabamos sobre la pista correcta. Estabamos junto al coche pensando en nuestros siguientes pasos cuando un ruido llamó nuestra atención. Un mulato nos llamaba escondido tras unos árboles. Al acercarnos nos pidió que actuáramos con disimulo. Rolando y yo nos pusimos junto al árbol, dándole la espalda fingiendo que conversábamos entre nosotros. - La bruja está en una cabaña en la montaña. Sólo tienen que seguir alante el camino y torcer junto a la fuente. Sabe que venís. Después nos lanzó un collar de cuentas negras con plumas de gallina. - Les protegerá a ustedes. Me agaché fingiendo que me ataba los zapatos y recogí el amuleto. Al girarme el hombre había desaparecido. Seguimos sus indicaciones y enseguida nos encontramos en medio de un camino rodeado de una espesura verde de ramas y arbustos. El calor y la humedad castigaban duramente. Tras una hora de marcha tenía sed y echaba en falta las cantimploras. Con las prisas las habíamos olvidado en el coche, junto con la pistola. El camino era cada vez más angosto y salvaje. La vegetación lo hacía difícil de seguir. Estabamos a punto de a perdernos cuando apareció ante nuestros ojos una vieja y ruinosa cabaña. La hiedra cubría sus paredes y el techo de paja estaba medio derruido. Parecía abandonada. Nos acercamos con prudencia. La puerta se abrió ante nosotros dejando entrever a una mujer negra y anciana sentada en una silla dándonos la espalda. Nos detuvimos. Haciendo acopio de valor entramos en la cabaña. La anciana se levantó y se dio la vuelta. La imagen de su rostro me dejó horrorizado. Su cráneo era deforme. No tenía la cavidad de los ojos, en su lugar se prolongaba su frente hasta sus pómulos. La mujer se acercó a nosotros con una certeza impropia de su ceguera. Situada frente a mí parecía que pudiera verme. Rolando se había quedado en el umbral de la puerta, sin decidirse a entrar. Así que yo decidí dar un paso al frente hacia la anciana. - ¿Por qué ha embrujado al profesor? ¿Qué quiere de él? - ¿Qué yo quiero del insigne profesor Sigmund Mauer? Tú querrás decir ¿Qué yo quiero de ti, César Ochoa? Él sólo ha sido el cebo para que vinieras a mí. Me quedé petrificado. Me había tendido una trampa y me había metido en la boca del lobo. Me agarró del brazo y se acercó para susurrarme al oído. - Todo pecado tiene un castigo. Es hora de pagar. Me sacudí de sus garras dispuesto a presentar batalla cuando alguien me golpeó por la espalda y caí inconsciente. Me desperté en un pequeño cuarto atado a una silla. Estaba solo, sin saber que habían hecho con Rolando. Oía voces que venían de otra habitación de la cabaña pero no podía entender nada. Intenté desatarme sin conseguirlo. Las voces cesaron y oí unos pasos que se acercaban. Se abrió la puerta y entró un hombre. Era el mulato que habló con nosotros escondido entre los árboles. Me desató los pies y con fuerza me levantó de la silla. Me agarró del brazo y me llevó a empujones a una sala más grande donde estaba la bruja sola. - ¿Qué habéis hecho con mi amigo? ¿Qué queréis de mí? En ese momento entró Rolando por la puerta. Sonriente se sentó junto a la anciana. Miraba divertido mi cara de asombro. - ¡Sorpresa! - se burló. Después siguió con su juego - ¿Te gustan las adivinanzas? Furioso comencé a insultarle. Ni se inmutó y aún parecía divertirle más. Sonreía con mofa. - Rata asquerosa. Por tu culpa va a morir mi tío Sigmund. - ¿Por qué tú crees que va a morir? ¿Por lo que aquel anciano dijo en el hospital? Yo le pagué por decirlo. – se metió la mano en el bolsillo y sacó un muñeco de trapo con alfileres clavados. – Has ido muy lejos para buscar esto, cuando siempre lo has tenido al alcance de tu mano. El profesor está bajo mi control; a no ser que me quites el muñeco. Me lo pasó por la cara sabiendo que, atado, no se lo podía quitar. Se estaba divirtiendo a mi costa y eso me enfurecía más. - Volvamos a empezar. ¿Te gustan las adivinanzas? Pues acá tienes una ¿Qué tú tienes que me pertenece? No sabía a que se refería. Él y yo no llegamos a coincidir en la universidad porque cuando yo llegué acababa de marcharse. Apenas le había visto un par de veces en los últimos años. Su mirada burlona se tornó en odio. El rencor y las ganas de venganza afloraban en su rostro. - Me robaste la plaza de ayudante del profesor. – dijo furibundo acercándose a mi rostro. –Poco a poco iba ganándome su confianza. El puesto era mío. Pero entonces llegaste tú, su sobrino. Me desplazaste y arruinaste un plan perfecto. - ¿Todo esto es por una plaza de profesor en la universidad? ¿No es esto un poco exagerado? - ¿Una plaza de profesor? No tienes ni idea. Es sólo un pequeña parte del plan. No sabes a lo que te enfrentas. – Se calló antes de hablar más de la cuenta.- Es hora de retomar el negocio: tú mueres y yo te sustituyo. Se acercó el siervo mulato con una copa humeante y se la dio a Rolando. - Ahora tú te vas a portar bien y te vas a beber esta copa de un trago. Sólo por cortesía te diré que va a pasar contigo. Primero sentirás náuseas, después fuertes punzadas en el estómago, tendrás espasmos, echarás espuma por la boca y, finalmente, caerás inconsciente. Se te ralentizará el pulso y la respiración. Parecerá que has muerto. A los tres días resucitarás de entre los muertos convertido en un zombi. Serás un ser estúpido y patético inútil para el resto de tu vida. Y yo seré el nuevo ayudante del insigne profesor Sigmund Mauer. Ya no necesitarás esto.- Metió su mano en mi bolsillo y sacó el amuleto que nos había dado el siervo de la bruja.- Es un recuerdo de familia. Mientras él hablaba yo intentaba desesperadamente aflojar las ataduras. Rolando tomó la copa y me la acercó a la cara. Su olor era nauseabundo. Me resistía a beber aquel brebaje infecto. Rolando comenzaba a impacientarse. Le ordenó al mulato que me abriera la boca. Me sujetó con fuerza la mandíbula permitiendo que vaciara la copa en mi garganta. Los mareos y náuseas empezaron inmediatamente. Un dolor espantoso en mi estómago me convenció de que aquel era mi fin. Los oídos comenzaron a zumbarme. Un molesto ruido retumbaba en mi cabeza. El ruido creció y creció hasta parecerse al de una masa vociferante. Comienzan las alucinaciones pensé, pero el sirviente se levantó atemorizado. Miró por la ventana y vio a todo el pueblo con antorchas y armado con horcas dirigirse a la cabaña. Algunos la emprendieron a pedradas que rebotaban en la cabaña produciendo un ruido seco y violento. Con la visión borrosa pude ver como Rolando y sus cómplices huían por la puerta trasera. Los golpes en la puerta fueron creciendo hasta que la muchedumbre echó la puerta abajo. A punto desmayarme alguien se me acercó mientras el resto buscaba a los huidos. Vio la copa que estaba a mi lado. La agarró y la olió. Retiró la cara con asco. Al adivinar lo que me pasaba me miró con compasión. Llamó a un par de personas más y entre las tres me provocaron el vómito. Eso me salvó la vida. Después perdí el conocimiento. Desperté a los dos días en un hospital provincial. El profesor Mauer estaba a mi lado. Sonrió al verme. Sacó el muñeco vudú y me lo mostró. - Lo encontraron en la cabaña. Lo perdieron cuando huían. He arrancado las agujas, dicen que así no tiene ningún poder. Por si acaso, me lo he quedado. - ¿Qué ha pasado con Rolando y sus cómplices? - Han escapado. Probablemente cruzaron la frontera con Haití. Cuando me recuperé fuimos a Carambey a agradecerles la ayuda. Al llegar nos prepararon una gran fiesta. Desde entonces siempre que volvemos a la República Dominicana pasamos por ese pueblo. Después de escuchar la historia, el conde miraba el muñeco con más curiosidad. Tenía la tentación de lanzarlo al aire para ver si mantenía su poder. Pero no podría comprobarlo sin el profesor Mauer delante. Así que, despreocupadamente, volvió a dejarlo en su sitio. Buscaba ahora otro objeto con el que distraerse. El muñeco, en equilibrio inestable, cayó al suelo. VI. El profesor Mauer se levantó aturdido. Incomprensiblemente había tropezado al bajar las escaleras. El doctor Bernini, que venía rezagado por detrás, no vio a su colega caído y topó con él tirándole de nuevo. Cuando por fin se levantó salieron del edificio en busca de la criatura. Fuera había un gran gentío. Los alumnos, que iban y venían de sus clases, impedían a los dos profesores poder ver a la criatura diabólica. Caminaban entre la gente empujándoles sin ninguna contemplación absortos en su caza. Los alumnos protestaban pero al reconocer a sus profesores contenían su enfado. No era prudente insultar a quien te iba a evaluar. La búsqueda parecía infructuosa cuando oyeron la risa inconfundible del animal. Levantaron la cabeza intentando localizar de dónde venía el sonido. - Es por ahí. El profesor Mauer señaló hacia el camino que llevaba a la parte trasera de la universidad. Se dirigieron allí corriendo. Siguiendo las risas llegaron al jardín del laberinto. La universidad disponía de una gran extensión de terrenos en la que se habían construido instalaciones complementarias. Situados a la izquierda de la entrada de los edificios estaban las pistas deportivas. La más grande era un campo de fútbol de tierra. Junto a él había un pequeño gimnasio cubierto con una pista para practicar deportes de interior. Al aire libre, rodeando el gimnasio, había unas pistas cemento donde jugaban a baloncesto. En el otro lado, a la derecha de los edificios, se había creado un jardín gracias a la colaboración del departamento de biología. Los profesores y alumnos podían pasear por él en un entorno agradable. Junto a los jardines estaba la iglesia y más separado la cripta y el antiguo cementerio donde reposaban los restos de los monjes. El campo santo estaba vallado con una verja metálica y cerrado al público. Convenientemente separado del resto por unos setos que evitaban miradas indiscretas. El jardín de la universidad era en realidad tres diferentes. El principal era el jardín botánico, orgullo del doctor Nicholls y de toda la universidad. Comenzó como un modesto jardín y fue creciendo hasta llegar a ser el más importante de la región. Venía mucha gente únicamente a visitarlo. Junto al jardín botánico había un campo de césped donde se habían puesto unos aros enterrados, a petición del profesor Mauer. Aficionado al croquet desde su estancia en Oxford había impulsado la creación del pequeño campo de juego. El último era un jardín de setos en forma de laberinto. El más siniestro e inhóspito de todos. Se construyó a mediados del siglo XIX cuando la institución aún no había cumplido su centenario. A Federico Monteagudo, el rector de la universidad de la época, le gustaba pasear para, según decía, liberar la mente. Sus obligaciones académicas le impedían dar largos paseos por la montaña próxima así que sólo podía hacerlo por los terrenos de la universidad. Entre las coles del huerto y las cruces del cementerio no se puede pasear, pensaba el rector. Un día, en uno de sus penosos paseos, se le ocurrió una feliz idea. Caminaba incómodo bajo un fuerte viento. Las hojas de los árboles se levantaban golpeándole la cara; se agarraba la chaqueta con fuerza caminando con la cabeza gacha contra el aire. Estaba luchando contra el viento cuando oyó una voz que le llamaba. Miró extrañado a su alrededor pero no vio a nadie. De nuevo la voz pero ahora más fuerte. Se detuvo extrañado. El aire se tornó más violento y el ulular del viento le susurró algo al oído. El rector escuchó la idea: construir un jardín. Volvió feliz a la rectoría. Entró por la puerta principal y cuando se dirigía a su despacho le abordó un hombre sucio y harapiento. El conserje se acercó para ayudar al rector y echar al vagabundo. - Sólo busco un trabajo para poder comer. - ¿Cuál es tu oficio?- preguntó el rector para poder justificar su negativa - Soy jardinero, señor. Maravillado de su suerte, cambio su actitud y lo recibió cortésmente en su despacho. El hombre tenía un aspecto rudo y primitivo. Era alto y grande, con los hombros anchos y los brazos poderosos. Su rostro era simiesco, con el pelo largo y desgreñado y una espesa barba que le llegaba a la altura de los ojos. Tenía un extraño antojo en forma de pez que asomaba en su mejilla. El rector le explicó la idea que acababa de tener, extendiéndose en detalles imaginarios sobre fuentes, rosales y claveles. El hombre le miraba sin decir nada. Sólo al final de la explicación le hizo su propuesta: construir un jardín en forma de laberinto como los que se hacían en Inglaterra y Francia. El rector dudó con la propuesta. Él quería algo más abierto y de colores vivos. El jardinero le garantizó que no se arrepentiría. - Lo haré por techo y comida. Aquella frase le convenció definitivamente. Los fondos de la universidad eran muy limitados para partidas extras. Se levantó de su silla y alargó su mano en señal de aprobación. El jardinero la tomó y la estrechó con fuerza. - Mañana comenzaré el trabajo. Al despuntar el día llegó a la facultad un carromato manejado por el jardinero. De detrás salieron media docena de personas. La imagen de esta gente era espeluznante. De rostros enjutos y cadavéricos tenían una palidez extrema y profundas ojeras. Con el rostro desdibujado parecía que carecían de expresión facial. Esta visión desagradó profundamente al rector. - Ese es el mejor lugar para el jardín. – dijo el jardinero señalando unas cruces. - Pero eso es el cementerio- protestó el rector. - Está demasiado cerca de la entrada. Espanta a la gente. Lo trasladaremos detrás de la iglesia. No se preocupe, señor. Dio una orden y los trabajadores se pusieron a cavar en el cementerio. Trabajaban con ritmo cansino y monótono. Andaban despacio y mecánicamente; deambulaban de un lado a otro siguiendo las ordenes del jardinero y su látigo. No parecían cansarse nunca. Siempre callados. Trabajando día y noche, en dos días habían trasladado todo el cementerio. Después comenzaron a escarbar y escarbar, como si buscaran algo. - Es para airear la tierra. Así crecerán mejor los setos. Después trajeron los arbustos y los fueron plantando. En dos meses acabaron el trabajo. Eso alivió al rector que estaba muy incómodo con el jardinero y sus trabajadores. - He terminado el trabajo. Pero el jardín requiere mantenimiento, tal vez yo.... La idea de que permaneciera el siniestro jardinero y sus trabajadores le aterraba. Se excuso, balbuceante, para no darle el trabajo. - Vigile con las malas hierbas. Fue lo único que dijo antes de recoger e irse. Nunca más volvió a saberse de él y de sus hombres. Con el paso del tiempo el jardinero fue olvidado. El rector estaba encantado con el jardín. Como era un hombre de costumbres, tenía la rutina de dar un paseo al atardecer después de sus clases. Recorría el jardín abstraído, meditando en sus problemas. De tanto andarlo ya se lo conocía de memoria. Como cada día el rector fue a dar su paseo vespertino. Era un día soleado y agradable de verano. El calor apretaba pero la humedad permitía el disfrute de la actividad. Estaba alegre por el próximo final de curso, lo que le permitiría concentrarse en sus investigaciones. Iba caminando distraído. No llegó a cruzarse con nadie, los alumnos estaban ocupados con los exámenes y los profesores ya habrían vuelto a sus casas. Atravesó la puerta y comenzó su recorrido. Unos pasos a la izquierda, otros a la derecha, giro en la esquina, continuo recto, tomo el camino de la derecha,... Conforme se adentraba más en el laberinto la leve brisa se iba convirtiendo en viento. El cielo se oscureció dando a los setos un aspecto siniestro. Las ramas se agitaban y el viento ululaba en un tono amenazador. El rector estaba incómodo y decidió terminar su paseo. Volvió sobres sus pasos buscando la salida. Giró a la izquierda, después a la derecha, unos pasos y se encontró otra vez en el mismo punto. Dio vueltas durante horas pero no conseguía encontrar la salida. Se encontraba atrapado. Gritó desesperado pero el viento ahogaba su voz. Siguió ansioso buscando la salida. Los caminos que tomaba eran cada vez más angostos, hasta tener que pasar rozando los arbustos. El viento se había vuelto huracanado. Una nueva ráfaga agitó las ramas que golpearon al rector tirándole al suelo. Ensangrentado intentó levantarse pero recibió un nuevo golpe. Las ramas comenzaron a sacudirle con furia apaleándole hasta la muerte. A la mañana siguiente encontraron el cuerpo sin vida del rector. Yacía boca arriba con el rostro ensangrentado y la ropa hecha jirones. Estaba a escasos metros de la salida. La policía investigó el crimen pero no encontraron pistas. Arrestaron a un mendigo conocido del lugar que utilizaron como cabeza de turco y se olvidó el asunto. Dos años después apareció un nuevo cuerpo. Ezequiel Garrido, el profesor de filosofía, apareció muerto en idénticas circunstancias que Federico Monteagudo. Un fuerte golpe en la cabeza, arañazos por todo el cuerpo y ninguna pista. Dos muertos más en cinco años causaron alarma obligando a cerrar el jardín. Paralelamente se había empezado a construir el jardín botánico, bajo la dirección del doctor Blacstone, el catedrático de botánica. Desde entonces pararon las muertes, pero la gente no volvió al jardín del laberinto. Tenía tras de sí una leyenda negra, un instinto asesino latente que amenazaba con despertar de nuevo. VII. El doctor Bernini se detuvo frente a la puerta del jardín. Conocedor de su leyenda no le gustaba aquel lugar y siempre lo evitaba. El profesor Mauer, en cambio, había entrado desapareciendo de su vista. Al darse cuenta que andaba sólo llamó al doctor a gritos dándole instrucciones. - Amadeo, ve por la izquierda que yo iré por la derecha. Si se separaban lo encontrarían más fácilmente, pensó el profesor. Se movía con pasos largos entre los arbustos, golpeándolos con el bastón para sacar a la bestia de su posible escondite. El doctor Bernini, en cambio, andaba con prudencia, lentamente. Iba por la parte central del camino, separado de los arbustos. No llevaba ninguna arma consigo, con las prisas olvidó tomar una. Un ruido frente a él le hizo detenerse. Era el crujido de una rama. No había duda, el animal se acercaba al otro lado del seto. Envalentonado, se agazapó tras la curva procurando no hacer ningún ruido. Cuando girara la esquina le sorprendería abalanzándose sobre él. Una sombra torció la esquina, como un resorte el doctor se lanzó sobre su rival que pegó un agudo grito de mujer. Tendida en el suelo, bajo el doctor, estaba una joven morena con cara de susto. - Dr Bernini, hay otras formas de conquistar a una mujer. El doctor se levantó ruborizado y rápidamente ayudó a la joven a incorporarse. Era una muchacha delgada y pequeña, de piel bronceada y cabello moreno. Lo llevaba recogido en una cola y usaba unas gafas de pasta que resaltaban sus grandes ojos negros. - Lo siento mucho señorita DuBois. Estoy buscando una rata de laboratorio que he perdido y me ha parecido oírla por aquí. - Es el mejor piropo que me han dicho. Parezco una rata de laboratorio. De biblioteca tal vez.- respondió bromeando. Se ofreció a ayudarle pero él no quiso. Cuando el doctor iba a disculparse por enésima vez oyó la voz del profesor Mauer llamándole desde el centro del laberinto. - ¡Lo tengo! ¡Lo tengo! Venga rápido a ayudarme. El doctor siguió sus indicaciones hasta llegar al centro del laberinto. Allí estaba su amigo que había atrapado al cuegle. Lo envolvía con la bata formando un bulto que se agitaba furibundo. De él salían los gemidos de la bestia. El profesor mostraba orgulloso su captura. Viéndole la cara el doctor temió que le contara con detalle la hazaña. Hechos fundados porque el profesor necesitaba más fama que ayuda. - Me adentré en el laberinto por el camino de la derecha – comenzó a relatar el profesor Mauer - Perseguía sus risas y pasos cuando de repente lo encontré frente a mí. Me miraba desafiándome. Sus tres ojos de colores brillaban con furia. Agachó la cabeza mostrándome su cuerno en señal de amenaza. Yo movía mi bastón aceptando el duelo. Dio un par de bufidos y se lanzó a la carga. Le esperaba quieto, con el bastón en la mano adoptando la posición de un bateador de béisbol; dispuesto a hacer un home run. El animal se acercaba velozmente, era una bola rápida. Tenso, me disponía a batear cuando un chillido agudo lo paró en seco. Comenzó a retorcerse de dolor en el suelo. Le lancé la bata para capturarlo y le he golpeado con el bastón para calmarlo. – contaba orgulloso- Volvamos primero al despacho a encerrarlo en la jaula. Después ya veremos lo que hacemos. VIII. César miraba distraído por la ventana mientras el conde se entretenía contemplando los objetos que se exponían en la vitrina. Vio pasar a la señorita DuBois. Brigitte DuBois era la profesora de matemáticas aplicadas. Había llegado a la universidad hacía dos años para hacer el doctorado. Una vez terminado, y ante la necesidad urgente de cubrir una vacante, el rector le ofreció la plaza de profesora. Al principio sufrió el rechazo de parte del profesorado. Dudaban por su inexperiencia. Ella, con esfuerzo y tesón, se ganó día a día el respeto de todo el mundo. A distancia de la señorita DuBois venían el profesor Mauer y el doctor Bernini cargando con una especie de saco blanco. Se agitaba violentamente como si estuviera vivo. Acostumbrado a las excentricidades del profesor no se extrañó de la escena. Intuyó aún tardaría en recibir a su visita así que se volvió con la intención de entretenerla un rato más. El conde de Esparza seguía absorto mirando la vitrina. Tras repasar con la vista diversos objetos agarró una daga dorada. César tomó otro objeto y se lo mostró al conde. - Fíjese en esta otra daga. El conde la miró brevemente. Estaba oxidada y sin filo. Parecía una baratija en comparación con la otra. Como no le prestó suficiente atención César insistió con el tema. - Esa daga dorada no tiene mucha historia. Es sólo una réplica en oro de las bayonetas utilizadas por los fusileros del rey. Es un objeto de decoración sin más. Esta en cambio es una daga utilizada en una maldición macabra. Durante generaciones los hijos asesinaban ritualmente a sus padres con esta daga. - A Edipo le habría encantado esta arma – bromeó el conde. - Cada muesca que ve en su empuñadura representa un asesinato. El 25 de julio de 1139 en Ourique, Portugal, los cristianos se preparaban para la batalla contra los almorávides. El ejercito musulmán, sin esperarles, salió al encuentro de los infieles. Moros y cristianos lucharon encarnizadamente. Un caballero portugués sobresalía en la lucha, era Rui Gonçalves. En primera línea, sin esconderse, se iba abriendo paso hasta llegar al general almorávide: Abu ibn Yusuf, el nigromante. El musulmán era un temido mago negro conocido por sus crueldades y torturas. Al verle se lanzó contra él espada en alto. Entrechocaron los aceros numerosas veces sin que ninguno saliera favorecido. En un momento del duelo, Rui consiguió una pequeña ventaja. La aprovechó sacando su daga familiar y la clavó en el pecho del mago. Abu ibn Yusuf, moribundo, insultó en árabe al caballero tras lo cual le lanzó una maldición: él y los de su estirpe morirían a manos de sus hijos con la misma arma que le había matado a él. Pasaron los años, Rui se casó y tuvo un hijo varón. Cuando este alcanzó la mayoría de edad mató a su padre con la daga dorada. Sin saberlo había cumplido la maldición. A su vez él se casó y tuvo un hijo muriendo asesinado a manos de este. La profecía perduró durante todas las generaciones. Paulo Gonçalves, descendiente de la estirpe maldita, por temor a la leyenda familiar no quiso dejar descendencia. Se casó con una mujer a la que adoraba. Fueron pasando los años y fueron envejeciendo. Su mujer murió dejándole en un estado melancólico. Cansado y solo decidió poner fin a su vida. Tomó la daga y se la clavó en el pecho. Pero la herida no sangró. Volvió a intentarlo una y otra vez sin conseguir hacerse ni un rasguño. Desesperado buscó tener descendencia. Se casó por conveniencia con una joven fértil. No tardó en dejarla en cinta. Aliviado de su suerte y temeroso de que sus descendientes cometieran los mismos errores de sus ancestros redactó unas reglas que debían cumplir sus descendientes. Estas normas se transmitirían oralmente de padres a hijos cuando estos cumplieran la mayoría de edad. El padre escondería la daga sin revelar su paradero a nadie. Cada Gonçalves viviría un máximo de 100 años. A esa edad, o a la elegida si fuera otra menor, debía sacar la daga y dársela a su único hijo quien le mataría. De esta forma se aplicaría la maldición de la forma menos perjudicial para la familia. En 1917 Rui Gonçalves, descendiente del originario Rui, cumpliendo con las normas transmitió el secreto a su hijo Nuno. Al oírlo quedó horrorizado ante la posibilidad de matar a un padre que veneraba. Esa noche huyó de la casa familiar. Rui, de 45 años, comenzó la búsqueda de su hijo. Los años fueron pasando sin encontrar a Nuno. Cumplió 90 años, 100, 110, 120,... llegó hasta los 140 años sin morir. Con un cuerpo decrépito y la mente senil ansiaba encontrar a su hijo para que le diera el descanso eterno que merecía. Contrató al profesor Mauer para que hallara a su hijo. No fue fácil, pero tras recorrer Brasil, Mozambique y Angola lo encontró finalmente. Era un anciano solitario de más de 100 años. Resumiendo, lo trajimos junto al padre y cumplió su destino matándole. ¿Un final feliz? No del todo. Nuno sólo podía morir por una herida producida por la daga a manos de su hijo. Como no tenía hijos la cadena se había roto. Nuno se había convertido en un anciano débil, decrépito, estéril e inmortal que envejecía infinitamente. Sólo había la esperanza de que tuviera un hijo ilegítimo. Pero el anciano estaba senil y su forma de hablar era difícil de comprender. No podíamos dejar a aquella persona así. Había que buscarle un hijo. Pero, ¿cómo buscar una aguja en un pajar sin saber si existe la aguja? César había conseguido atraer la atención del conde que había descuidado la daga de oro en la repisa. Disimuladamente, mientras proseguía con su historia, tomó la daga dorada y la guardó en un cajón. Prefería que el conde se entretuviera con un abrecartas que con la auténtica daga de los Gonçalves. - No toque el filo. Podría cortarse.- Alertó César para darle más dramatismo a su historia. IX. El profesor Mauer arrastraba la bata con la criatura dentro. El saco se agitaba y protestaba chillando. Se dirigía, junto al doctor Bernini, a su despacho. Atravesaron la puerta principal hacia las escaleras. El vestíbulo de la facultad estaba prácticamente vacío. Pasadas las horas de clase los alumnos abandonaban la universidad en estampida. Al entrar en el despacho, el profesor Mauer apagó las luces y pidió a su amigo que echara las cortinas. La oscuridad volvió a la habitación. - Tiene un metabolismo fotosintético. Con la luz se vuelve más fuerte y ágil. A oscuras podremos controlarlo. Metió al cuegle en la jaula y cerró la puerta. La bestia se iba tranquilizando agitándose cada vez menos. Capturado el animal ahora había que decidir que hacer con él. Era un ser demasiado peligros para tenerlo en la universidad. El profesor, cansado por la cacería, se sentó a tientas en una silla que tenía próxima. El doctor Bernini, situado junto a la ventana, se disponía a hacer lo mismo que su amigo cuando tropezó con una pila de libros. Perdió el equilibrio y, en un intento desesperado por evitar el suelo, se agarró a las cortinas arrancándolas de cuajo. La luz entró en el despacho iluminando la jaula del cuegle. El diablo del pelo gris despertó de su letargo agitándose con violencia. Con sus golpes había conseguido abollar la jaula y ahora se disponía a romper la reja. Lo hizo con mucha facilidad. Escapó por la puerta entreabierta del despacho que el profesor Mauer no pudo cerrar a tiempo. Había que volver a empezar. El profesor salió corriendo tras el diablillo olvidándose del doctor Bernini, que se levantaba del suelo dolorido. Recorrió con la mirada el pasillo en busca del cuegle. Una sombra bajaba las escaleras y él se lanzó en su persecución. Por detrás salía del despacho el doctor cojeando de una pierna. El profesor Mauer corría hacia las escaleras con grandes zancadas haciendo retumbar el pasillo. De sus despachos salían los académicos molestos por el alboroto. El doctor Bernini se disculpaba de ellos conforme iba alcanzando sus puertas. Llegaron al vestíbulo. Le habían perdido la pista. El profesor, instintivamente, se disponía a salir del edificio cuando tropezó con la señorita DuBois. - ¿Usted también sale a ver la puesta de sol? Hoy promete ser preciosa. Fíjese en los tonos rojizos. El profesor se quedó paralizado mirando el anochecer. La señorita DuBois, viendo que el profesor le ignoraba, se encogió de hombros y salió hacia los jardines. - No ha salido del edificio. Se está poniendo el sol. Sin luz es inofensivo. – murmuraba mientras se le acercaba resoplando el doctor Bernini. - Aquí hay luz. –se percató el profesor y dirigiéndose al doctor Bernini - Rápido, hay que apagarla. ¿Dónde están los fusibles? El doctor, en respuesta, le señaló una puerta que conducía a las salas de mantenimiento, en el sótano. El profesor corrió hacia allí desapareciendo tras la puerta. El doctor, cansado, decidió no moverse y esperarle en el vestíbulo. - ¿Qué pasó con Nuno Gonçalves? –preguntó curioso el conde. César, encantado, prosiguió su relato. Se había olvidado completamente del profesor. Debíamos encontrar a su hijo, si es que este existía. No disponíamos de información y él no estaba en disposición de proporcionárnosla. Sólo había una forma de obtenerla: adentrándonos en su subconsciente. Visitamos a Madame Mystère, una vidente y espiritista de renombre que ya había colaborado con nosotros. Ibamos a hacer una sesión de hipnosis donde el profesor Mauer haría un viaje astral hasta los recuerdos del anciano. Les tumbó en sendos divanes y, con un péndulo les adormeció. Posó sus manos en sus frentes y recitando un mantra consiguió que el profesor Mauer penetrara en la memoria del anciano. Había que esperar a que volviese. La búsqueda podía ser muy rápida o muy lenta, me explicó Madame Mystère. Sí en un plazo de seis horas el profesor no había vuelto habría que sacarlo. En caso de no hacerlo podría quedar atrapado para siempre. Esperamos nerviosos a que el profesor volviera. Pasaron una hora, dos horas sin que apareciera. Tres, cuatro, cinco. Miraba nervioso el reloj pero la vidente me tranquilizaba diciendo que todo estaba controlado. Llevaba más de cinco horas y media. Yo había salido al balcón a tomar el aire. - Ven César. Parece que ya despierta. Volví al salón donde estaban los dos durmientes. El profesor abría lentamente los párpados. Nos miró medio dormido pero con una sonrisa en la boca. - Lo tengo. Tiene un hijo. Nuno también despertó en ese momento. Poco a poco el profesor se fue despedazando. En el subconsciente del portugués se encontró con una tribu bantú angoleña. Entre ellos había un niño mulato. Detrás de él, junto a una mujer, un joven blanco barbudo vestido como los nativos. Era Nuno Gonçalves y su familia angoleña. Tenía un hijo varón dispuesto a matar a su padre. César terminó abruptamente la historia. El conde, al ver que no continuaba le preguntó. - ¿Y cómo acabó todo? - No ha acabado. Tenemos un viaje pendiente a Angola. - Eso es un cuentus interruptus.- bromeó el conde. Un repentino apagón dejó a César y su acompañante a oscuras. El ayudante del profesor buscó en un cajón una linterna para iluminar la estancia. - Desgraciadamente los apagones son demasiado frecuentes –mintió mientras sujetaba tembloroso la linterna de Al Capone recién restaurada. – La universidad necesita unas reformas. - Claro, claro. Con mi dinero.- le respondió con desdén. – Pero no veo que se me atienda como es debido. ¿Dónde está el profesor Mauer? Mi tiempo es oro y no puedo estar perdiéndolo esperando a alguien. En realidad el conde no tenía nada mejor que hacer. Le agradaba hacer visitas que rompieran su rutina. Pero debía parece un hombre ocupado, por eso se indignaba. César no sabía que hacer. Un portazo resonó en la pequeña habitación. Después se oyeron unos pasos que perseguían a otros. Era en la biblioteca principal, al lado de dónde estaban César y el conde. Entreabrió la puerta y asomó la cabeza. Una sombra corpulenta perseguía a otra que parecía de un niño. Reconoció a la más grande como su tío pero no sabía quien era la más pequeña. Entró por la puerta una tercera sombra. Era grande, aunque no tanto como la del profesor Mauer. Caminaba despacio y tranquilo. Por la calva reconoció al doctor Bernini que se sentaba en la primera silla que encontró, cerca de la puerta. Sin atreverse a intervenir, César miraba la escena desde la distancia. El profesor se acercaba al niño que estaba acorralado en una esquina. Chillaba con una voz animal. Absorto en la escena no se había dado cuenta que, junto a él, estaba el conde mirando divertido el espectáculo. El niño- animal gimoteaba indefenso en el rincón. El profesor le agarró y se lo llevó seguido por el doctor Bernini, aburrido de la historia. La luz volvió. El conde sacó un puro y lo encendió. Tras aspirar con fuerza se sentó en una silla. César, perplejo con lo que acababa de ver y cansado de la larga visita, no avisó al conde de que no se podía fumar. Los aspersores antiincendios se pusieron en marcha mojándoles. El conde dio una última calada al puro antes de que se apagara. - Parece que va a llover.- dijo César mirando hacia la calle sin darse cuenta de la estupidez del comentario. El conde movió la cabeza hacia la ventana y asintió. Estaban completamente mojados. Los aspersores se apagaron. Entró por la puerta el profesor Mauer, sin chaqueta, con las mangas remangadas y la ropa completamente empapada. Se acercó al conde y le saludó efusivamente. Le pidió que le acompañara a su despacho desapareciendo ambos de la biblioteca. César, tras recoger la sala adjunta, se dirigió al lavabo al final del pasillo. Pulsó el interruptor pero la luz no se encendió. Lo intentó un par de veces sin conseguir iluminar. Miró la lámpara para percatarse de que no tenía bombilla. Abrió la puerta del pasillo para que entrara un poco de claridad. La luz le permitió ver un cartel en la puerta de un baño: “Fuera de servicio”. No recordaba haberlo visto antes. Intentó abrirla para curiosear pero la puerta estaba atrancada. Detrás de ella se oían unos ruidos. Parecían los ronquidos de algún animal. Salió deprisa del lavabo secándose las manos en los pantalones. Oyó unos pasos al final del pasillo. Alzó la mirada y vio a una hermosa joven de apenas veinte años. Era alta, delgada, de cabello rubio y lacio, bello rostro y mirada dulce. Tenía una apariencia frágil y un aire cándido. Caminaba hacia el despacho del profesor Mauer. Se abrió la puerta y salió el conde junto con el catedrático. Se estrecharon la mano amistosamente y se despidieron. El conde se fue con la recién llegada y el profesor se acercó a su sobrino. - Es un ángel.- pensó en voz alta César. - Ángela - ¿Qué? - Ángela. Se llama Ángela Esparza. Es la hija del conde. Suspiro una vez más. Le siguió con la mirada hasta que desapareció en el ascensor. EPÍLOGO. Apreciado Señor: Soy el insigne profesor Sigmund Mauer, doctor en ciencias ocultas y catedrático en parapsicología en la universidad de San Marcial Apuntador, en España. Recientemente adquirí, mediante subasta en internet, un producto suyo referenciado con el número de lote: 00143867 Cuegle. Debo decirle que no he quedado satisfecho con la compra y quiero devolverlo. Considero que la descripción del artículo es engañosa. El anuncio decía: “Auténtico cuegle cántabro. Ejemplar adulto en muy buen estado. Completo. Al ser un animal salvaje el vendedor no se responsabiliza de su actos.” Eso es lo que esperaba encontrarme pero en su lugar me encuentro con esto. Primero, sospecho que el cuegle no es cántabro sino vizcaino ya que sus gruñidos suenan a vascuence. Es un animal anciano como se puede apreciar por su pelaje gris y que le faltan unos dientes (se los envío en una bolsita por si los quiere pegar de nuevo). Además está cojo. El animal no es salvaje; está claramente domesticado y no aprende ningún truco nuevo. Yo quería un cuegle real y no un osito de peluche. Por todo esto le devuelvo el animal. Me quedo, sin embargo, la jaula ya que me ha gustado mucho. Descuéntelo del importe de la devolución. Atentamente Sigmund Mauer Doctor en Ciencias Ocultas Catedrático en Parapsicología Universidad San Marcial Apuntador *****