﻿MIRANDO EN SILENCIO
(Reflexiones poéticas)

por

Jesús Vega


Copyright © 2000 Jesús Vega.
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BAJO EL MAR

Por aguas trasparentes de increíble color turquesa, voy nadando en superficie mirando el fondo del mar. Un paisaje subacuático de gran belleza se aparece. Pirueta abajo y me sumerjo. Unas rocas blanquecinas se elevan sobre un arenal inmaculadamente blanco; un enjambre de diminutos pececillos nada lentamente alrededor de las rocas. Me acerco y me miran todos a la vez, sincronizados, como si de un único ser se tratase, quizás sorprendidos como si un dios hubiese penetrado en su mundo. Es tal la luz que hay en el agua que parece realmente una atmósfera sólo algo más densa que la exterior. Miro arriba y la superficie es un espejo brillante que no deja ver afuera. Siento, durante unos segundos, lo mismo que debe sentir un pez en este sosegado mundo submarino, ignorante de lo que transcurre más allá de la superficie brillante que le limita: mundo para el que no está hecho.
Y pienso en el hombre, y me pregunto si ese maravilloso cielo azul es también su frontera. Pero lo mismo que el pez, que a veces salta fuera del agua y se asoma a nuestro mundo, también nosotros sabemos saltar en la noche para mirar las estrellas y la oscura distancia. Tampoco ahí, en esa noche eterna sembrada de estrellas, podemos vivir nosotros, ni podría vivir nadie. Pero no, el cielo azul no es la frontera; son las estrellas, todas las estrellas en el cielo negro, la verdadera frontera. Mas, ¡que salto tan inmenso para el hombre! ¿Quién podría darlo? Y sin embargo dicen que más allá hay otro mundo y que un Dios desde allí se sumergió una vez en la Tierra. Y dicen también que se puede vivir intensamente feliz al lado de aquel Dios extraordinario. No sé, yo me pregunto si el pez es feliz viviendo en una pecera al lado del hombre…
El aire se me acaba, no estoy en mi mundo, tengo que volver. Yo sólo sé respirar en la tierra, y como el pez en su mundo bajo el mar, soy feliz a mi manera en mi mundo bajo las estrellas.



VACACIONES SOLITARIAS

Primer día de vacaciones. Me gusta mi soledad inaugurada. El cuerpo relajado ha descansado por primera vez libre de la rutina cotidiana, de la carga de preocupaciones que nos incomoda en cada despertar. Todo se ha aplazado. El horizonte de descanso es largo, tanto como para estrenar una nueva vida conquistada, a la que se tiene derecho. Es la vida en sí, gratis y sin esfuerzo, la que se anuncia.
Perezoso y descansado, me levanto antes que cualquier día. El mensajero rojizo de la mañana tiñe tenuemente las grisáceas nubes de la noche que se disuelve despacio. En el horizonte, una estrecha franja color sandía presta fondo a las lejanas montañas, empequeñecidas en la distancia.
Los primeros pájaros se dejan oír tímidamente. Un gallo medio adormecido se despierta con su ronco quiquiriquí, todavía incierto.
Asoma al fin la corona enrojecida del sol por detrás del horizonte ondulado de montañas. Los pájaros ya han despertado por completo y sus trinos se multiplican, ocupando la mañana.
Ladran los perros distantes recordando sus rencores del día anterior. Silban los mirlos, y las golondrinas, con sus vuelos siempre improvisados, trazan en el aire complicadas y veloces trayectorias. El cielo está ya completamente encendido.
Estiro mi cuerpo con breves ejercicios que me devuelven la elasticidad dormida. Desayuno, y fumo lento un cigarrillo. Me acompañan, delante de mi ventana, el verde árbol, el agua extensa y serena, el cielo lleno de luz. Mi soledad no está vacía, no. Siento estremecerse las verdes ramas del árbol en el frescor de la mañana: vive, sí, respira. Los pájaros, redescubierta la vida, van serenando sus trinos del amanecer; ahora vuelan decididos a uno y otro lado.
Un suave adormecimiento me invade otra vez. Las personas no han despertado todavía.



EL HOMBRE Y EL MAR

Asomado a la terraza de la planta 20, en el hotel al borde de la playa donde paso unos días de vacaciones, contemplo incansable el mar. Su inmensidad plana se extiende abiertamente ante mí, hasta un horizonte más lejano que de costumbre, cuando miro desde la orilla. La larguísima playa a mis pies se prolonga hasta que se pierde en la lejanía. El día está nublado; ha llovido suavemente. Sólo unas pocas personas, aquí y allá, pasean lentamente por la orilla del mar. Desde mi altura son como hormigas, como pequeños animalitos que se mueven. La grandiosidad del mar y del cielo poblado de nubes me impresiona y hago un esfuerzo por captar la dimensión planetaria que nos engloba. Sí, la ingente cantidad de agua caída en el origen de los tiempos, desde aquel cielo preñado de humedad primigenia, se acumuló sobre la tierra cubriendo la mayor parte del planeta. El horizonte sobre el mar se insinúa ligeramente curvo. Todo parece claro: el redondo planeta nos transciende en su inmensidad pero en general apenas somos conscientes de un trozo de playa, de los edificios cercanos, de las olas que se acercan lentamente hacia la arena. Desde mi altura, sin embargo, casi consigo imaginar la enorme dimensión de la Tierra y la comparo con ese minúsculo hombrecillo que se mueve despacio por la arena, con su diminuta cabecita que mira a uno y otro lado, y me pregunto cómo ese insignificante cerebro ha sido capaz de entender el planeta, igual que yo ahora desde lo alto. En apariencia, el hombrecillo de la playa no se distingue de los animalitos que deambulan entre los verdes campos por detrás de la playa, ocupados sólo en alimentarse de la fértil vegetación que se extiende generosa hasta los montes. Pero toda la inmensidad que alcanza a ver el ojo la acaba entendiendo el cerebro. Desde que el ojo sabe mirar a lo lejos, más allá de sus necesidades, el hombre ha empezado a comprender.
Hombrecillo y mar cara a cara. Confrontación de dos seres tremendamente distintos: el mar, inmenso y a la vez simple en su naturaleza; el hombrecillo, diminuto pero con un cerebro inmensamente complejo, capaz de entender el mar. Inmensidades que coexisten en un mismo Universo.
Me gustan las alturas porque nos permiten ver la perspectiva de todas las cosas.



EL JUEGO DE LA VIDA

El mundo renueva sus hombres y apaga las conciencias de cada generación, que deja en herencia sólo sus éxitos. Lo que fracasa se olvida, aunque fuera la verdad.
La cadena de generaciones se orienta hacia lo posible y no tiene en cuenta lo bueno, lo verdadero o lo bello si no resulta viable.
El tiempo no perdona y el tirano que se impone se llama realidad. Y lo real que se decanta es lo que permite la vida. A veces sólo quedan abiertas algunas puertas traseras que sabemos que no conducen a ningún lugar, y por ellas se van nuestros hijos, pues las puertas principales están atascadas. Es necesario que la vida se mantenga, que dé un rodeo para que otras generaciones puedan entrar por la puerta principal. La vida manda, y como el agua, se va por el camino de menor dificultad; es el curso del torrente empujado por su propia fuerza, por su vitalidad. Gracias al río de las generaciones, no se empeña la vida por caminos rígidos, y la ligereza de la juventud y su gusto por lo nuevo propician la creación y el descubrimiento, haciendo que se imponga la ley natural; que se imponga lo vital sobre lo racional. Aunque por encima de esta banalidad, se salva y continúa, pasando por encima, flotando sobre ella, lo más valioso de la cultura.



VIDAS PARALELAS

Si fuésemos capaces de resumir la vida humana en una secuencia fotográfica, como esas que resumen en unos segundos el día de una flor, desde que se abre en el rocío de la mañana hasta que se cierra al atardecer, entenderíamos el auténtico sentido de nuestra vida. Contemplaríamos el abrirse de nuestra conciencia y la maduración de nuestra carne. Esplendor y belleza del cuerpo, conciencia de la vida al principio; decaimiento de la carne y conciencia de la muerte, al final.
Al final contemplamos nuestra decrepitud, nuestra ruina física y mental, y somos conscientes de la sinrazón de nuestra naturaleza, a la que vemos acabarse de manera inexorable.
Sí…, son dos vidas paralelas, juntas pero independientes. La del cuerpo arrastra a la del alma y al final la aniquila. La del alma contempla el horror de su destino, pero no puede librarse de él, sólo aceptarlo. Y todo dura un segundo, como la vida resumida de esa flor que se abre por la mañana a la luz y decae al atardecer.



LA REALIDAD DE LAS COSAS

Después del goce sexual el cuerpo se queda relajado, el alma sin tensiones. Un bienestar general nos complace, nos despreocupa de nosotros mismos y nos hace receptivos a lo exterior.
En uno de esos momentos de sosiego salí con mi pareja a pasear tranquilamente por la playa. Una hermosa nube blanca, iluminada por el sol, flotaba inmóvil sobre el mar. Sus formas algodonosas y bien definidas en el cielo diáfano me mostraban su auténtica realidad: era espléndida, tranquila, armoniosa en su existencia sobre la inmensa superficie del mar; estaba afirmada y segura en su ser, que se mantenía en perfecto equilibrio a lo largo de la tarde.
Sin embargo en otros momentos de inquietud y desasosiego, mirando el cielo o el mar, he sentido muchas veces la indiferencia y otras la fría hostilidad de la naturaleza; muchas, la inmensa soledad y el vacío de los elementos. Y me preguntaba en aquel momento feliz si lo que veía en aquella bella nube no eran sólo los propios sentimientos y sensaciones con los que la miraba. ¿No era mi propio ser interior el que estaba en paz, acompañado, equilibrado, afirmado en el ser?
Las cosas no son de ninguna manera. Es la condición interior lo que se pone en la mirada y con ella vemos las cosas.
Cuando estamos enamorados descubrimos que todo el mundo es maravilloso, y creemos firmemente que es únicamente nuestra condición, habitualmente ofuscada y triste, la que nos impide ver la belleza de todas las cosas. El enamorado está iluminado por la máxima intensidad del ser, y no se equivoca al decir que lo que ve es la realidad, la máxima realidad posible, la que pudiera ser siempre. Pero las cosas son neutras en sí, aunque nuestra alma percibe en ellas semejanzas con su propio estado de ánimo. En el mismo paisaje el hombre tranquilo se fijaría en la nube que flota apacible sobre el mar; el inquieto, en las pequeñas olas que no cesan de moverse.



EL PASO DE LOS AÑOS

Los años fueron pasando al ritmo de las distintas edades, al compás de los diferentes quehaceres y situaciones de cada época, que nos fueron alejando de la infancia, convirtiéndonos en hombres, acercándonos a la vejez.
Camino de la vida, trenzado con el azar en cada momento, sorprendido por las circunstancias, aunque con líneas tan definidas en nuestra memoria como si cada paso hubiese sido el mejor elegido.
Momentos y etapas que han ido pasando, como la música de la guitarra que oigo desgranarse suavemente en el hueco lleno de mi habitación. Me deja en el aire la música de esta guitarra un rosario de tristezas, y sus notas nostálgicas son como los años trascurridos, que ahora suenan compuestos en mi memoria.



EL HOMBRE

Nacer, crecer, luchar contra la fuerza del entorno que amenaza con utilizarte, con empequeñecerte, con anularte. Ser conscientes, después, de la propia enfermedad, y luego ver morir a nuestros padres y no saber entender su desaparición. Uno ha disfrutado y sufrido, ha conocido la emoción del descubrimiento, el miedo y la aventura, y a veces ha rozado el amor. Conoce todas las posibilidades que ofrece la vida y sólo le queda repetir las experiencias gozosas. La dimensión del espíritu no está colmada sin embargo y se resigna a pasar, a cerrar un ciclo más de la existencia humana, ignorando el misterioso significado del hombre. Sabe que la verdad no está en otra vida, sino en lo que podamos ver desde esta, y que quizás un solo día baste para colmar la existencia. Algo se oculta tras la marcha cotidiana de las cosas, tras el andamiaje sobre el que está construida nuestra existencia.
Después de viajar con el pensamiento al espacio remoto, de contemplar la pequeñez de nuestro mundo y sentirse perdido en la inmensa dimensión, vacía de espíritu, vacía de todo, donde las remotas estrellas permanecen definitivamente alejadas, suspendidas en la oscuridad más profunda, uno tiene que volver otra vez a este mundo. Volver entre los hombres anhelando convivir con ellos, reconocerse en ellos, y aceptar que lo humano, lo entrañablemente humano, es lo más intenso que puede encontrar por el Universo. Sin embargo su espíritu, como antes, no puede colmarse, como si un dios estuviera creciendo dentro y no se resignase a morir siendo simplemente hombre.



HOMBRE ABIERTO, HOMBRE CERRADO

Dos maneras de enfrentarse el hombre a la existencia: darse por terminado, construido, y vivir con esa "manera" de ser, o permanecer en evolución, cambiando, mejorando, creándose. El primero dispone del tiempo para disfrutar de la vida, para amar el sol y la tierra, para estar en calma y gozar los placeres. El segundo es un ser que se suicida continuamente hacia delante, que nace cada día y abre sus ojos con asombro a una realidad cada vez más luminosa, que permanece siempre niño, a la vez juguetón y a la vez aturdido e indefenso.



LA LEY DE LA VIDA

Una mirada y todo existe. Cuando el sol se levanta sobre la tierra se despierta el hambre de vida. La vida devora a la vida y se impone la fuerza y la astucia un momento. Al final el equilibrio retorna; todos son necesarios, cada uno en su papel.
Una mirada y yo existo. Otra mirada y soy devorado. La vida devora a la vida y las almas devoran a las almas; pero no del todo. Al final el equilibrio se impone, porque todos somos necesarios, el cazador y la presa.



LA FLOR DE LA CONCIENCIA

Ver ese niño africano depauperado –todo cabeza–, o esa mujer –piel sobre esqueleto– que se agota lentamente: es la muerte posada en esos cuerpos que extinguen su vida y apagan la mirada, con los ojos sin embargo tan abiertos. Mueren en cantidad, como las plantas agostadas por la sequía del desierto.
La conciencia es una flor. Un milagro que crece con la fuerza de la vida y después se extingue. Como una flor, que siendo tan bella se apaga sin embargo y desaparece. Así es la muerte, para la flor y para el hombre: inaceptable…, si sólo hubiera una flor y sólo un hombre.



EL BORDE DE LA BORRASCA

Todo el día había estado densamente nublado; no había parado de llover. Ya lo adelantaron por la televisión; en la pequeña pantalla se veía cruzar nuestro país una inmensa borrasca; era como una ensaimada que iba cubriendo toda la Península.
A media tarde apareció por el horizonte un trozo de cielo completamente despejado. Al poco, la mitad del cielo lucía ya con un azul profundo y brillante; la otra mitad seguía densamente nublada y se desplazaba hacia el mar. No había duda: estaba pasando el borde de la borrasca, el borde de la ensaimada meteorológica de la tele. ¡Dios mío, qué pequeños somos! –pensé–. A simple vista no sabemos lo que pasa por encima de nosotros. ¡Gracias a que sabemos enviar nuestros ojos electrónicos hasta una altura increíble!



VACACIONES

Días de vacación. No hacer nada, no hay programa. El sueño es una bendición donde el alma vuela.
Despertarse prolongando conscientemente las sensaciones agradables del sueño, porque no hay nada que hacer. Esperar que la vida aporte su estímulo y entretanto dormitar, escuchar los murmullos del silencio.
Quizás el hambre acabe por despertarme, como al león. La vida existe por sí misma y no hace falta gobernarla.
El día transcurre lento y apacible, y la sonrisa y la amistad surgen espontáneas como regalos del alma ya despierta, que no busca pero encuentra.



FLOR DE CARNE

Hace 2.000 años nació una flor en un campo cercano a la ciudad romana de Itálica, al lado, hoy, de Sevilla. Era hermosa. Brotó en una radiante primavera y brilló con todo su esplendor. Con los primeros calores del verano fue decayendo, y después se encogió y marchitó. Los vientos otoñales se llevaron sus hojas resecas.
Hace 2.000 años nació un niño romano, también cerca de Sevilla, ayer Itálica. La civilización romana era pujante y dominaba el mundo. El niño creció fuerte y vital, y pronto se impuso con brío en aquella sociedad, consiguiendo una vida próspera y feliz. Conoció dos Césares y luego fue envejeciendo y murió.
La flor seca de aquel otoño se perdió para siempre, pero la planta sobrevivió a aquel invierno y muchos más, y cada primavera vio brotar de sus ramas nuevas flores, todas hermosas y radiantes, como la de aquella primavera en la que nació, muy cerca, un niño romano, allí, en Itálica.
Sin embrago, aquella flor fue vista por el niño romano desde los brazos de su madre en una mañana soleada de aquella primavera; aquella romana inclinó al niño sobre la flor para que la viera bien y la oliera por primera vez en su vida, inundando de color y aroma aquella naturaleza tierna que comenzaba a sentir.
Aquel niño que conociera dos Césares tendría una larga descendencia de hijos y nietos que fueron tejiendo también sus vidas en aquellos tiempos; y entre ellos, al final, se perdió su memoria. Nadie conocía ya a aquel niño romano que en sus primeros días vio una flor de primavera al lado de Sevilla.
La planta de aquella flor murió después de muchos lustros. Y finalmente desaparecieron también los romanos del suelo de España.
La vida de aquel niño, y la de aquella flor, únicas, brillaron un momento y luego desaparecieron para siempre, en Itálica, al lado, hoy, de Sevilla.



LA SALA DE ESTAR

Anochece el frío invierno. Llueve. Nadie anda por la calle. Es uno de esos días en que estamos todos refugiados en nuestra casa, hogareños y casi felices; saboreamos el calor interior cómodamente sentados o medio tumbados en la sala de estar, mirando la televisión como un pretexto para estar juntos sin sentirnos obligados a hablar cada uno de nuestras cosas, de nuestras vidas diferentes, de nuestras distintas perspectivas e inquietudes. El programa de la tele es realmente malo y yo creo que nadie le presta atención aunque lo mire, y cada uno parece dejar vagar sus pensamientos sobre el marco luminoso de la pantalla, encajada en la amplia librería de estantes y huecos irregulares, repletos de figuras, fotografías, objetos decorativos elegidos algún día con devoción por su valor o belleza y que ahora siguen ahí impasibles, desapercibidos para mí, formando un escenario barroco frente al que transcurren nuestras vidas cotidianas. Precisamente, hace pocos días traía ilusionada mi hija menor una talla de un elefantito de estilo oriental, en madera de ébano recamada de pedrería. Se la había regalado su novio. Venía radiante y estuvo largo tiempo buscándole un lugar destacado, colocando y recolocando todas las figuras y mirando arrobada el resultado largo rato. Sin duda el brillo de las piedras era para ella el reflejo de sus sueños enamorados. Recuerdo la ilusión con que los primeros años de matrimonio fuimos colocando mi mujer y yo toda aquella multitud de objetos, adquiridos en diferentes viajes unos, otros encontrados por azar en cualquier tienda una tarde de paseo. Hará estas Navidades dos años que ella se fue…
El abuelo estaba ayer triste también de cara a la Navidad, enfrentado a su noventa cumpleaños que presiente será el último… y al hablar de la antigua casa del pueblo, de nobles piedras, heredada de su padre, me decía que pronto pasaría a ser mía, y se puso a tararear con su voz ya difícil, y con irónica tristeza, esa cancioncilla ya gastada de "…las cosas quedan, las gentes se van, y la vida sigue igual…". Su rostro sonreía y enrojecía a la vez de emoción, y no ocultaba el intenso brillo de sus ojos, nadie sabe si producido por el humor o la tristeza. A él ya no le importa colocar nuevas figuras en la estantería, pero en lo que sí se fija, sobre todo en las Navidades, es en los retratos, en todas esas personas y escenas de su pasado que un día fueron su presente encendido, y a las que nosotros no prestamos casi atención, como a esa pantalla de la televisión a la que en estos momentos nadie hace ningún caso. A mí tampoco me hace ilusión ya colocar un nuevo objeto en ese telón de fondo de nuestra vida cotidiana, aunque sé que si desaparecieran los que hay, notaría un vacío inmenso, una desnudez sorprendente, no sé si triste o liberadora, o quizás las dos cosas a la vez. De lo que sí estoy seguro es que conservaría desnudo ya todo ese espacio, porque aún no quiero vivir de los recuerdos y ya no pretendo alimentar nuevas esperanzas ni admirar nuevos ídolos de dicha. Hoy me atraen sólo los sentimientos, las personas, el contacto de las almas… aunque esos, ay, son también ídolos fugaces y cambiantes, que no se dejan colocar en una estantería y parecer eternos; esos aparecen y se van, sutiles objetos también de ensueño que no permiten su permanencia olvidada… y para los que la canción del abuelo sigue sonando con la letra ligeramente cambiada: "…las almas pasan, las gentes se van, y la vida sigue igual…".



AÚN VIVE

Sigue la vida sus caminos, lentamente, después del suceso fatal. Murió un ser querido de manera tan inesperada… Su rostro frío en la mortaja conservaba la expresión habitual… hasta insinuaba una sonrisa. Sólo la blanca palidez con que la muerte congela los rostros nos escupía en el corazón la certeza de que la vida se había escurrido de aquel cuerpo. Y ahora sigue la vida sus caminos, lentamente, entregada a los quehaceres cotidianos… y de cuando en cuando, sobresaltados, nos volvemos a acordar del suceso, y nos invade el remordimiento del olvido. ¡Dios, cómo puedo vivir sin darme cuenta de que ha muerto!
Si, es una locura, un desgarro en dos del alma, querer vivir y recordarlo. !Cuánto sentido tenían los ritos de ayer!: el velatorio, que nos inundaba de la certeza de la muerte y nos consolaba por unas horas de la crueldad de dejarle abandonado para siempre; los funerales, que certificaban su muerte entre todos los que le conocieron; el consuelo de los amigos que nos obligaba a explicar el suceso y hacerlo consciente de manera definitiva; el luto interior, que nos permitía recordar constantemente, durante algún tiempo, al que se fue, para que la certeza de su ausencia se implantase en nuestra alma y nos permitiera rehacer nuestra vida sin él.
Pero hoy todo se ha perdido, y queremos enseguida vivir sin él y recordarle a la vez… y nada encaja, y todo se consuma en un olvido que hace daño, que asesina. 
No se puede vivir sin morir interiormente, sin dejar que lentamente vaya muriendo aquel que fue y que sigue adentro.



EL CURA ENTERRADOR

Llegó amable, indagando disposiciones desde lejos. Nos saludó afable estrechando las manos. Hizo comentarios generales sobre el cementerio, sobre lo mal que funcionaba todo, sobre la mala disposición con que la gente venía a enterrar a sus muertos: con prisas, de mala gana… Son otros tiempos –decía–, ya nadie tiene respeto a los muertos.
Y habiendo atraído la atención de los familiares, por sorpresa, ante el féretro todavía dentro del coche fúnebre, comenzó sus responsos abriendo un libro de rezos ajado, con las páginas habituales sobadas ampliamente en las esquinas por donde los dedos las manejan.
Lee mecánicamente, haciendo a veces énfasis en algunos párrafos mientras mira a la familia sondeando emociones; de vez en cuando intercala comentarios personales  simpáticos, casi graciosos, y continúa el responso ritual, que sabe de memoria y recita mecánicamente mientras su mirada se distrae contemplando un coche que pasa, una hermosa mujer que cruza. Concluye y acompaña al féretro hasta la sepultura. Allí dice unas palabras algo más sentidas y pronto se despide, silencioso, apretando las manos de los deudos, recomendando valor; palabras por primera vez humanas que sí llegan al corazón. Nos ofrece un librito sobre la capilla del cementerio, con una convocatoria para una misa que se celebrará por todos los fallecidos de la semana. Dentro del librito había un pequeño sobre escrito que decía: Limosna para la misa del domingo.
No presté atención en absoluto a sus rezos, pero algunas palabras sencillas y humanas de aquel hombrecillo, que llevaba toda su vida asistiendo enterramientos, se las agradecí de verdad. Era pequeño, mediocre, vestido con un hábito ya raído. Su tez estaba bruñida por el sol de servir a la intemperie. Era un trabajador más del cementerio. 
Al salir del recinto nos adelantó subido en un pequeño y envejecido coche. Saludó afectuoso y contento con la mano: le habíamos dado una buena propina para misas.



MAÑANAS

Tan distintas son las mañanas… unas veces son noches extendidas hacia el alba, días que se prolongan hasta el nuevo sol… –en algún momento llegará el sueño breve que rompa el curso.
Otras veces son renaceres, nuevas vidas que se nos regalan después de un sueño feliz y abandonado. Estrenamos un alma remozada, rebosante, dispuesta a disfrutar el nuevo sol. Los días rompen entonces en la almohada como las lentas olas en el dique, haciéndose espuma blanca de sueños, lluvia invertida hacia el cielo nocturno de la fantasía.
En ocasiones son mañanas amorfas e indecisas que uno quisiera evitar, prolongando el sueño, el dulce estupor del sueño hasta la hora en que ya sólo cabe esperar otra vez la noche.
Y mañanas de angustia y pesadumbre ante el día amenazante, con su reto ineludible que destruirá más aún nuestra entereza, que arrastrará más abajo nuestra esperanza. Mañanas que nos despiertan cansado, impulsados ciegamente, como única alternativa, al suicidio cotidiano.
Y las dulces mañanas de cuando niño, absolutos despertares, nacimientos repetidos, cuando cada día era nueva la vida que lentamente se iba desvelando mientras nuestra madre nos recordaba que había que tomar el desayuno y prepararse para ir a la escuela.
Y mañanas de la vejez, cuando la vida ya no importa, cuando importan más los sueños, los dulces sueños que nos traen escenas de nuestra vida pasada, felizmente recompuestas: aquellos rostros jóvenes, aquellas personas queridas… Mañanas que intencionadamente prolongan los sueños hasta que la luz del nuevo día deja las evidencias del ocaso en nuestro horizonte: ese dolor de huesos, la náusea cotidiana…



LA GRAN TORTUGA

La piedra es, mas no desde siempre; el Planeta la vio hacerse al enfriar su magma, y después se desgajó de la montaña. El árbol es, creció cuando vivían los abuelos y hoy se impone abierto en el aire. El pájaro es, y canta en la rama. Yo soy, y me pregunto.
La piedra se desgasta, el árbol se seca, el pájaro muere simplemente un día. Yo, antes de morir, me pregunto, me pregunto, me pregunto…
Si me mirara el Planeta con la lenta mirada con que mira a la piedra, sólo vería que mi vida es un segundo; un segundo en la cadena de la vida que perdura, que promete durar más que la piedra, tanto como el Planeta. Tu vida, mi vida, cualquier vida, qué más da… la vida es lo que importa pues no cesa. Todo lo largo de mi vida cabe en un segundo del Planeta. ¡Pero mi recuerdo es tan inmenso… mi existencia tan larga para mí! ¿O tal vez sólo detallada, un segundo minuciosamente detallado para permitirme construir en la mente un pequeño pedazo de mundo? El mundo se construye piedra a piedra, árbol a árbol, pensamiento a pensamiento, libro a libro, hombre sobre hombre.
Dicen que la tortuga mira tan lento que ve crecer la hierba. El Planeta mira tan lento que ve crecer el mundo. El hombre mira tan rápido que sólo ve la trama del mundo y de sí mismo. Todo es cuestión de tiempos, de las escalas del tiempo. La conciencia depende del ritmo vital; la realidad que vemos depende del tiempo durante el que se mira. No existe una realidad, sólo muchas maneras de ver algo que se está creando. El obrero es el que mira con el ritmo en que se construyen las cosas, pero se le escapa la totalidad del proceso. El creador es el que las puede contemplar desde el principio hasta el final, terminadas; es el que las posee. La mirada más lenta posible vería como el mundo se hace en un instante. El Creador es el infinitamente lento, el estático, el que no cambia mientras se construye el mundo, la Gran Tortuga, como decían los antiguos, que la imaginaban sosteniéndolo en su caparazón. ¡Qué bella imagen, que afinada intuición para representar el transcurrir de los tiempos del mundo sobre la conciencia impasible de la Gran Tortuga!
Hay una cosa sin embargo que llama la atención en la imagen de la Tortuga: sostiene el mundo, lo lleva sobre su espalda en su lento caminar, lo soporta, pero nada indica que lo construya; sólo le presta el tiempo, que para ella parece no tener fin. La lentitud del creador es la lentitud del contemplador también. El contemplador quizás sueña que crea, imagina el proceso, sigue su ejecución, como esos ancianos jubilados que contemplan perezosos y complacidos las obras públicas y hacen suyo el resultado. Si existe alguien que nos mira desde siempre, ¿será sólo eso, un contemplador? Después de todo, el mundo tiene toda la pinta de hacerse por sí mismo y como puede… ¿o no?
Somos obreros del mundo, ajenos casi completamente a la obra total; lo construimos creyendo que construimos nuestra vida, y no damos demasiada importancia a esa pequeña piedra que colocamos en la obra, que para nosotros significa sólo sobrevivir. Y es curioso que persiguiendo simplemente nuestro interés se vaya construyendo un mundo sin un creador que dirija los trabajos. ¿No nos da eso la pista de qué tipo de mundo se está construyendo? Sencillamente aquél que facilita la vida de los individuos, que les permite sobrevivir con más facilidad. No en vano la población humana ha crecido inmensamente mientras la población animal y vegetal desciende de día en día. El hombre se apropia de la naturaleza, la explota en su favor, crece, crece, crece… y acabará transformándolo todo, haciendo el mundo a su imagen, a la medida de sus necesidades. Acabará sabiendo sobrevivir sin la naturaleza, en un mundo artificial, producido, autónomo. El futuro presenta al hombre ante sí mismo y no ante la naturaleza como en el pasado.
Y finalmente el hombre consiguió la autonomía total, la vida garantizada sin trabajo. La Humanidad se volvió ociosa, la tarea paró. Y el hombre se enfrentó por primera vez, como especie, a la conciencia de su vacío. Por primera vez se fijó claramente en la Tortuga que soportaba el mundo y sintió miedo. Dependía de la Gran Tortuga. Y se esforzó en suplantarla. Pero se sentía incapaz de entender su existencia, era algo que se escapaba de su control pues no era ni algo natural ni algo inventado. O sí era algo natural, pero en otra dimensión distinta de la suya y desconocida. Sólo le quedaba intentar comunicarse con ella, intentar ser como ella, aprender a conocer su mundo. Así comenzó la nueva Era de la Humanidad, la Era de su transformación en Tortuga. Finalmente mató a la vieja Tortuga y ocupó su sitio. Pronto comenzó a formarse su caparazón incipiente, que milenio tras milenio iba engrosando, presa en su tarea, esclava de su destino que ella misma ambicionó. Y de nuevo, misteriosamente, se estaba construyendo algo ajeno sobre ella, algo ajeno a su propio afán: un Nuevo Mundo.



LAS LEYES DE LA CREACIÓN

El primer día se hizo la vida y la carne fue alimento de la carne, y la muerte del débil fue necesaria: Ley del más fuerte.
El segundo día, el fuerte había crecido tanto que ya no tuvo a quién matar y comenzó a morir de hambre. Así se alcanzó un equilibrio en el que para que existieran los fuertes tenían que existir un número mucho mayor de débiles: Ley de la explotación en equilibrio.
El tercer día nació el hombre y era inteligente. Enseguida aprendió las leyes de la fuerza y la explotación.
El cuarto día, los débiles, contemplando el horror de la creación, quisieron corregirla y abolir las leyes antiguas, e inventaron el amor. Era un sentimiento tan intenso que enseguida se propagó por todas partes, incluso entre los fuertes: Ley del amor
Pero la ley del amor no fue capaz, sin embargo, de borrar las leyes antiguas en el alma de los hombres, sino que se superpuso a ellas, controlándolas. Los fuertes enseguida supieron compaginar todas las leyes, aplicando la ley del amor entre sus familiares y amigos, y las leyes de la fuerza y la explotación al resto de los humanos. Así nació la hipocresía, la política, las ideas de democracia y libertad. Fue el quinto día, en que se instauró la Ley de la astucia.
El sexto día aparecieron las comunicaciones globales, y los débiles se convirtieron en un grupo muy cohesionado que intercambiaba información en tiempo real y eran capaces de movilizarse a la vez en todo el mundo, manteniendo una actitud común; y como eran muchos más debido a la ley del equilibrio todavía vigente, se transformaron en un poder que supo imponer su opinión a los fuertes: Así nació la Ley de la Opinión Pública y los fuertes fueron desposeídos y eliminados para siempre.
El séptimo día, el Mundo descansó por fin.



EL ALMA COMO LA NUBE

Si después de todo no hay nada más allá de la muerte, si todo empeño es inútil y todo esfuerzo baldío, sirviendo en el más afortunado de los casos para dejar una memoria de sí mismo que durará algunos milenios, lo mejor será vivir apaciblemente, sin desear nada ni pretender nada; dejarse vivir como se deja que pasen las nubes lentamente, silenciosamente, sintiendo la brisa ligeramente cálida del existir, el placer simple y natural de respirar, descansar o dormir, la sencilla maravilla de ver la luz y los colores o tocar las cosas y sentir los perfumes. Y a los otros, verlos como se mira al paisaje, un paisaje de almas, dejándolos ser como se deja ser al árbol al que no se quiere talar. Amigos en amable compañía pasajera, como el que se sienta a su lado en un banco, el banco de la vida que transcurre gratamente. Todo afán nos priva del vivir en paz, del vivir en sí mismo que se percibe ociosamente, sintiendo lo más cotidiano, sintiendo la paz de dejarse vivir y morir como el día.



EL ALMA DEL ARBOL

Ahí estás, desplegándote en el aire, extendiendo tu copa verde en un ademán propio que define tu alma. Tu alma, ese gesto de tu manera de estar vivo. Tu forma es el rostro de tu alma. Me sumo en ti, como cada vez que miro sin pensamientos: algo surge desde adentro, un conocimiento inmediato que quizás sea la identificación del alma con lo que ve. Es la manera primitiva de conocer, la manera antropomórfica, el hallazgo del propio ser en las cosas. Yo y las cosas somos lo mismo: mundo. Mundo que se hace consciente, cosas que se hacen conscientes al equipararse a mí en ese acto de humanización de todo. Es la manera de conocer anterior al concepto, esa entidad sin alma, idea mecánica que manipula y depreda el mundo después de desacralizarlo. 



EL CÍRCULO

Entre el monte y el mar, la pendiente. Rueda el rio con lentitud y fluye hacia el mar. Movimiento que ha trazado caprichosas formas en el cauce a favor de la debilidad de la tierra y la pendiente. El río es sólo forma, apariencia; no es agua, pues el agua no permanece en él como en un lago. El río es ilusión, un discurrir de imágenes fugaces que la mente compone en una idea. La vida es ilusión también. Si miramos nuestra vida desde la altura sosegada de nuestra conciencia, como al río desde el monte, nos parece que existe y tiene un trazado.
Fluye el río: baja el agua desde el monte hacia el mar y pasa ante mí en este instante, y luego desaparece de mi vista lo mismo que este segundo de mi vida pasa ante mi conciencia y luego desaparece. ¿Dónde está el mar de mi vida? Ese mar es el olvido, donde se disuelven todos los minutos vividos, y hacia donde corre toda mi existencia: río que un día terminará de fluir y dejará sobre la tierra el cauce seco de un cadáver, una forma, el dibujo de un símbolo que el tiempo poco a poco allanará y borrará para siempre de la superficie del mundo.
Pero hoy el río baja caudaloso, como la sangre por el cauce de las venas hasta el mar del pulmón, donde se calma y estanca. Allí se impregna de aire puro y asciende hasta el monte del corazón; y después cae, vivificante como la lluvia, sobre todo el cuerpo. Siempre se repite el ciclo, el mismo ciclo, en el río y en la vida. Su símbolo es el círculo. El círculo es también el signo del Arcano. Todo lo que está en movimiento se percibe como forma, como símbolo, pero en realidad no existe, es ilusión. O sí existe, pero sólo vemos una idea. Cuando el movimiento cesa, deja su huella, el dibujo de su símbolo, y entonces sabemos que existió algo aunque entre las manos ya sólo tengamos un cadáver, un circulo rígido, un ciclo que dejó de recorrerse. Cuando el Arcano deje de recorrer su círculo de misterio, mostrará claramente su dibujo: un círculo sin trazado.



EL VELATORIO

Tras el cristal de la sala mortuoria, el difunto descansa en su estrecho lecho de madera almohadillado de seda blanca. Han maquillado su rostro y se dibuja en él una suave sonrisa. Es asombroso cómo han conseguido reproducir en él ese gesto habitual y complacido que le caracterizaba. Es igual que cuando dormía feliz. En el velatorio están solos todavía la familia directa, destrozados, llorando abrazados. La muerte fue repentina e inesperada y no se puede entender todavía. Comienza a llegar gente, primero otros familiares que intentan consolar a los deudos sin éxito, y se hace un silencio dramático interrumpido a ratos por las palabras llorosas del hijo joven que no deja de repetir ¡padre!, ¡padre!, mientras repasa compulsivo unas fotos familiares, como si quisiera devolver a la vida algunos sucesos del tiempo pasado. Luego van llegando amigos que se interesan por los detalles del trágico suceso y parece que los familiares encuentran consuelo en relatar los pormenores, como si de esa manera pudieran conseguir entender lo sucedido, explicarse las causas, racionalizar lo incomprensible. Siguen llegando más amigos y se saludan unos a otros, recordando su antigua relación y los últimos acontecimientos que compartieron; hay abrazos, hay presentaciones, se hacen corrillos, hay rondas de corrillo en corrillo y de amigo en amigo, de familiar en familiar. Alguno mete la pata y dice algo inconveniente que despierta el llanto de los deudos y vuelven al dolor inicial, se abrazan otra vez entre ellos, se aíslan de la gente como si quisieran proteger su dolor de la banalidad de los presentes…
Sigue llegando gente y el velatorio se ha convertido ya en una reunión de sociedad, donde los recuerdos, las anécdotas, los cotilleos y toda suerte de planes se trenzan en el murmullo de la sala. Todos acaban olvidándose del difunto, que impasible, sigue mostrando su sonrisa eterna, como si él también, sumido en el placer del descanso definitivo, se olvidara de los  mortales que aun siguen vivos.



MI BIBLIOTECA

Me miran puestos en pie los pequeños ataúdes con el nombre de sus muertos. Ataúdes de colores con inscripciones doradas, o sencillos y delgados, desiguales, con cadáveres muy vivos que se ofrecen impasibles a los dedos. Cuántas muertes, cuánta vida que se salvó de la hoguera sigilosa del olvido. Humanidad de papel conservada para siempre, cementerio de las almas donde quisiera enterrarme con una vida cumplida.
¿Por qué me miran así, como queriendo encarnarse?



LA TORMENTA

El cielo se puso rápidamente oscuro y un rayo tremendo rompió el espacio. Primero se vio el impresionante fogonazo, que iluminó todos los ventanales de la casa, y una milésima de segundo después se oyó el horrísono estampido que se prolongó con variaciones irregulares un  instante. Luego, súbitamente, se desencadenó un violento aguacero. Sobre él volvieron a caer rayos por doquier, con la misma furia que si un Dios hubiese desatado su ira justiciera sobre el mundo, apuntando con el rayo de su dedo a la morada de los hombres. La gruesa lluvia rebotaba en los cristales y se filtraba por los quicios de las ventanas, sonaba amenazadora en los tejados, doblaba las ramas de los árboles y hacía lagos sobre el terreno. Toda la tierra se lavó con la fuerza de un castigo. Al fin, comenzó a decrecer lentamente la tormenta, se suavizó la lluvia y se aclararon  los cielos. El alma quedó en paz también, como si hubiese cumplido una penitencia. La vida, tras el sentimiento de su fragilidad, volvió a cobrar un sentido que había perdido. Todo se volvía fácil  y se habían olvidado los problemas que nos tenían preocupados. Todo parecía ahora banal ante el cataclismo de los cielos.



UN VIAJE EN TREN

Se desliza el tren por un paisaje de llanura y colinas suaves salpicadas de encinas. El cielo está gris y llovizna. En el cristal de mi ventana han aparecido tres gotas pequeñas de agua que el aire hace moverse en sentido contrario al de la marcha. Parecen microbios haciendo una carrera: la última se adelanta y ya va a alcanzar a la primera, mientras que la del medio se ha quedado bastante retrasada: luego es la primera la que reacciona y se adelanta mucho, mientras que al poco tiempo se reúnen todas y marchan en paralelo. Es curioso que las pequeñas irregularidades y manchas imperceptibles del cristal hagan fluctuar la marcha de las gotas como si de una carrera humana por un terreno irregular se tratara.
Ahora aparece una línea muy delgada de agua sobre el cristal; es como un largo rio que no se interrumpe pero cuyo curso fluctúa como lo haría un río verdadero a lo largo de los siglos.
Otra vez aparecen unas gotas, ahora grandes y redondas pero con cola, como si fueran ballenas nadando sumergidas en un mar de cristal; viajan de manera regular, al mismo ritmo, como un grupo verdadero de ballenas que surcara el océano.
El paisaje sigue igual, pero ha dejado de lloviznar y hay más claridad. Se ha secado el océano de mi ventana y han desaparecido las ballenas. Queda el paisaje exterior, y mi reflejo en el cristal debido a la luz interna.
Cada vez hay más luz y las nubes son ya blancas sobre un cielo apagado; el sol está velado tras una nube grande, como un tul que lo cubriera permitiendo mirarlo sin dolor. Ahora ilumina ya algunos espacios del campo. Sobre una cadena de montes, al frente, se ven hileras de modernos generadores eólicos que giran sus enormes aspas, y parece que estuviesen comunicándose con las estrellas; tienen un aspecto cósmico, un ademán que trasciende lo planetario, como esas gigantescas antenas parabólicas que reciben las comunicaciones extraterrestres.
Está brillando el sol; ya duele en los ojos. Si este tren fuera la vida deslizándose, y su llegada a destino fuera el fin definitivo del viaje, me asalta la luz de una verdad que nos pasa desapercibida: la eternidad es el no ser, la muerte; y la vida, un intervalo de luz en la oscuridad, un paraíso que dejamos escapar habitualmente. Se invierten entonces los valores: el paraíso no es eterno ni está fuera de la vida; el paraíso es la vida y es efímero.


FIN


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