-¿Y qué hiciste?
Madeleine tomó de nuevo los cubiertos y volvió a introducirlos en el plato.
-Me escapé. Leí un anuncio en uno de los periódicos de casa del Conde en el que solicitaban gente para un puesto de mecanógrafa en el Foreign Office, y allí me fui. Supuse que escribir a máquina no sería mucho más complejo que tocar el piano, y de hecho así es.
Empezó a comer de nuevo.
-¿Y por eso no quieres volver?
-Me juré que cuando volviese sería alguien, que sacaría a mi padre de allí, que le demostraría a aquel carcamal de noble que no es nadie, que mi padre y yo sí lo somos porque nos lo hemos ganado.
Los dientes le crujían al apretar las mandíbulas de rabia.
-¿Has vuelto a ver a tu padre?
Madeleine dejó de comer de nuevo por un instante, luego siguió.
-No desde entonces, de vez en cuando le escribo para que sepa que estoy bien, pero no le digo donde estoy.
-Tu padre se sentiría orgulloso de ti –le reconfortó Henry.
-¿Porqué? ¿Por ser una mecanógrafa en Paris? Tanto da donde esté, Henry, no te engañes. No soy una diplomática, soy una mecanógrafa de pueblo con la cultura de una niña rica, y por mucho que me esfuerzo no salgo de aquí, y tengo que salir… sola.
Henry lamentó habérselo preguntado. Acababa de darse cuenta que él no pintaba nada en su vida.