Alberto de la Madrid
Luciérnagas
Como
el hijo pródigo
El
ventilador ronronea
como todos los veranos
dando vueltas para
llenar mi cuerpo desnudo
con el beso del aire quieto de mi
cabaña.
Aire quieto que esperaba mi presencia
como yo espero
resucitar
entre las equivocaciones y los misterios
como
espero que el hijo pródigo, ella,
regrese un día.
Nosotros
nos regimos por designios singulares,
nosotros, hechos de anhelos
rotos y
de vientos quebrados
contra las esquinas de piedra
del destino,
llevados por el recogimiento de la hora de la siesta
por el ruido de alas del ángel,
por la voz lejana de un
presagio,
levantaremos un día el vuelo
sobre el campo
adormecido
sobre su lecho de paja
y oiremos al fin
la voz
benigna de un dios
que querrá besarnos.
Es el rastro de
un suspiro
tendido al viento,
secado al viento
como ropa
blanca de colada
ondeando como una bandera
en la cuerda tensa
entre dos árboles;
es sedante anhelo sin prisas
acaso sin
anhelo,
acaso sólo viento
sólo él,
recostado bajo la
sombra de un árbol,
sin el ruido de las penas
o el chirriar
de las puertas mal ajustadas,
es el merecido descanso a la noche
tras una larga jornada
de caminar al sol la tierra ardiente.