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—Hans, ¿has visto? ¿Has visto qué pómulos y qué…?

Claro que había visto. Había abierto la puerta del coche para acomodarse en él y se había olvidado y continuaba mirando la figura que se alejaba de nosotros y así siguió cuando subió y arrancamos y pasamos delante de ella, hacia la que torció la cabeza para continuar su contemplación. Sólo dejó de mirarla cuando ya no la pudo ver, cuando doblamos la primera esquina. Entonces, se acomodó en su asiento, cerró los ojos, sonrió con placidez, olvidándose de nuestras premoniciones, suspiró un par de veces y se entregó, o yo supuse que se entregó porque le atribuí mi propia reacción, a la evocación deleitosa de las cejas dibujadas por Durero, de la delicadeza de volúmenes de los pómulos y la barbilla y del aspecto general, entre anticuado y contemporáneo, de aquel rostro inefable cuyo descubrimiento habría de traer tantas consecuencias para los dos. O acaso para los tres.

Con esto queda establecido, sin discusión posible, que fui yo quien vio por primera vez esta cara de la que solamente queda a mi alcance el recuerdo que dejó en los entresijos de mi cerebro, considerablemente averiado a juicio del medicucho, y aquella fotografía que le hizo Asmodeus a traición en la que la cara aparece de manera confusa sobre dos paisajes de otras dos fotografías.

Recuerdo que estas fotografías -porque se hicieron varias aunque Frida apareció tan sólo en una- se hicieron con motivo de una excursión que hicimos a Hesse, o más exactamente a Fulda y Kassel y sus alrededores, todos los actores y testigos de esta historia, es decir: Gertrude, la madrastra de Hans, Ingeborg, Frida, Hans, Asmodeus y yo. Asmodeus, por cierto, apareció inesperadamente a los pocos días de que la nueva hornada de investigadores comenzara a trabajar en el Centro. Siempre me ha chocado esta coincidencia de la aparición de Frida y la reaparición de Asmodeus, que no encontraba trabajo poco menos que desde que dejó de ser el ayudante de Rudolf.. Se había muerto el ayudante del encargado de los animales para el laboratorio, en circunstancias un tanto misteriosas, si no me falla la memoria -que es fácil que me falle para estos episodios secundarios-, y un buen día me lo envió el Administrador para que lo examinara y me llevé la misma sorpresa que si se me hubiera aparecido el mismísimo Rudolf von Manteufel, con su uniforme impecable y siniestro de las SS o sus arreos de las actividades sociales: frac, con el corte que solamente sabe darle un sastre del Savile Row londinense, capa con las vueltas de terciopelo que debía de ser española, zapatos suizos o italianos, chistera… Pero iba con un capote raído y grasiento, un gorro de lana como los de los marineros, un pañuelo de seda color rosa y una cartera con su pijama, sus chismes de limpieza y dos libros, el ‹‹Malleus Maleficarum» y unas ‹‹Efemérides» que me parecieron las mismas con las que Rudolf hizo el horóscopo el día que murió la hermana de Hans.

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