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Claudia no fue una simple anécdota cariñosa para el señor Bárcena. La existencia de la joven le cambió el carácter, al menos durante el tiempo que estuvieron juntos. Y le hizo ser inconformista, curioso y aventurero. Ella era hija de emigrantes meridionales. Su padre, de Taranto, en la subdesarrollada región de Reggio Calabria, tuvo que viajar al norte rico de Italia en busca de empleo. Lo encontró en la Fiat, en Turín. Era un terrone, como se les llamaba despectivamente a los sureños que forzosamente marchaban a las regiones septentrionales más desarrolladas para ayudar a construir el miracolo italiano, que catapultó la economía transalpina en los sesenta a la primera línea mundial. No tuvo demasiada suerte en la empresa de los Agnelli y decidió largarse a Francia a trabajar en la Citroën, en una de las plantas de montaje cerca de París. Se llevó a su mujer y a su única hija. Claudia tuvo una educación francesa, pero su padre prefirió que la carrera la hiciera en su querida Italia. Con una beca de estudios se marchó a Milán y allí estudió Lengua y Literatura en la prestigiosa Universidad Bocconi. Marchó luego a Londres a aprender inglés y decidió regresar a París a cuidar de sus padres y encontrar trabajo como secretaria en la OCDE pese a que su expediente era muy superior a la categoría del puesto.

Fue Claudia y no Norberto quien llevó el peso de la relación curiosamente, a pesar de ser de los dos la persona de menos edad y en teoría con menos experiencia. Fue ella y no él quien se acercó y le halagó por su ingeniosidad e inteligencia. Fue ella y no él quien le aleccionó verdaderamente en el sexo, en el amor compartido. Le enseñó a correrse dentro de su cuerpo joven y generoso, sin convulsiones, sin complejos ni vergüenzas: “¡Norberto, tesoro, cuánta soledad arrastras!”, le lanzaba después de hacer el amor. Él, con una mirada húmeda, no tenía palabras para corroborar lo que así era. Fue ella y no él quien le educó en el arte, en la lectura y en el cine. No tanto como hubiese querido, pero, sí, el jefecito español comenzó a seguirla a exposiciones en el Marmottan (allí es donde por primera vez rozaron sus manos y se besaron tímidamente tras mirar una tela de Claude Monet), en el Jeu de Paume o en el Grand Palais. Fue ella y no él quien le introdujo en la Cinémathèque, allá en el Trocadero, donde vieron alguna película prohibida en España de su compatriota Luis Buñuel y en asistir en alguna ocasión a la Comédie a una representación teatral de Molière o de algún otro clásico francés, aunque él tenía dificultad para adentrarse en la misma, o al teatro de la Ópera a ver a Giuseppe di Stefano en Rigoletto. Fue ella y no él quien hizo de guía urbano: la Torre Eiffel, Nôtre-Dame, Saint-Germain, el Marais… Hizo de afable, bello y gratuito cicerone de esa ciudad que como escribió una vez Henry James era el mayor templo para el placer de la vista. Le marcaron mucho sus entusiastas ojos verdes. Llegó Claudia en el momento que más necesitaba del cariño y el consuelo.

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