En clase de matemáticas, el maestro repite sin cesar las increíbles propiedades de la teoría aristotélica, un silogismo, dice, que se aplica en cualquier campo de la vida y mi cabeza yerra por tantos campos, ay, mi platónica Marisa, quiero retozar en tus brazos, huérfano de cualquier lógica, con el rostro ausente, lanzarme a tu amor, el mismo amor de todos los niños de la clase, mi platónica Marisa.
Sé que estoy muy pesado con Marisa, pero todos los niños del cole lo estamos.
Observo a Marisa a través del flequillo.
Observo a Marisa por el rabillo del ojo.
Marisa, mi pastelito de merengue rubio…
Marisa, mi...
Mi hermana lleva razón.
Marisa está gorda.
Y no sólo eso. No sólo está gorda sino que es la niña más gorda de la clase. Qué catástrofe. Sigue siendo la más rubia, es indiscutible, pero también la más gorda. Incluso puede que sea la más gorda del cole. Quizás sea tan rubia por la cantidad de merengue acumulado en su cuerpo... A punto estoy de levantar el brazo y preguntarle al maestro si las niñas más rubias son todas gordas.
–Claro –asentiría el maestro–, por el cúmulo de merengue. Tenías razón, Julio. Un montón.
* * *