- Déjala mamá, ya te dije que no me molesta, ¿sí?
- Si que te ha cambiado estar fuera. Antes de irte no dejabas ni que se sentaran en tu camita. ¿Recuerdas, hija? – Por supuesto que no lo recuerdo.
- Ha pasado tanto tiempo. – La niña, despierta. Descubro el brillo de sus ojos entre la maraña de pelo que cubre su cara, justo antes de que los vuelva a cerrar haciéndose la dormida.
- Sí, hija, sí. – Se marcha señalando a la niña y meneando la cabeza, yo me encojo de hombros y le sonrío.
Cada vez que me llama hija creo percibir un tono de reproche en su voz, como si en el fondo de su ser supiera la verdad. Aunque eso no debe ser del todo cierto. A veces creo que durante aquel beso fatal lo que en realidad sucedió fue que parte de Graciela pasó a mi cuerpo, y parte de mí, la parte suicida, pasó al suyo. Por eso tras su muerte no pude acompañarla. Por eso al volver al apartamento en la moto, me fui a dormir a su cama de forma automática. A la mañana siguiente recibí una llamada de una agencia de viajes para confirmar dos billetes de avión. Contesté con la voz de Graciela, que no tuvo más remedio que anular el pase de Claudia y retrasar el suyo unos días, hasta que todo quedara aclarado. Después salió, salí, a la comisaría con la nota de suicido de Claudia, mía, a denunciar mi, su, desaparición. En unas horas encontraron el cuerpo. Dos días más tarde Claudia estaba enterrada. La semana siguiente Graciela volvía a casa, con su madre y su sobrina Dolorita.
Al abrir la puerta de su casa, Dolores se encontró de repente con quien menos se esperaba. Dudó apenas un segundo, lo que tardé en abrazarla y llenarle la cara de besos. Su hija había vuelto, al menos en parte, y durante el poco tiempo que me quede podré hacer más pasadera la vida de mi nueva madre, aunque en el fondo yo sepa que no es mi mamá, y ella intuya que no soy su niñita.