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Capítulo I


Hacía una mañana espléndida. Después de más de dos semanas de lluvias ininterrumpidas, había amanecido con sol radiante y la temperatura era suave. Cuando el coche entró por la vereda que lleva hasta “El Robledal”, nos invadió un penetrante olor a tomillo, espliego y romero. Recorrimos unos dos kilómetros para llegar a la explanada donde se ubica la vivienda principal. La finca nos pareció fabulosa; la casona y las instalaciones colindantes presidían el altiplano rodeado de bosque, y una valla de madera a modo de mirador, asomaba al valle donde aún podían verse los surcos en la tierra de la antigua plantación.


Mi marido estaba eufórico,


-¡Esto es fantástico, Ruth. Creo que se le puede sacar mucho!


Dimos un paseo por los alrededores, y a pesar del abandono, observamos que no había demasiados desperfectos. Las naves de destilación y la bodega eran de construcción relativamente reciente y se conservaban en perfecto estado. Lo mismo sucedía con el establo, el granero y el almacén, que permanecían como si se hubieran estado utilizando hasta ese mismo día.


Sin embargo, el caserón, tenía una parte del tejado desmoronada, y las paredes de piedra, cubiertas de musgo. En la planta alta, había varias ventanas con los cristales rotos, y los pájaros habían anidado en su interior. Buscábamos al guarda, pero allí no parecía haber señales de vida. Me recorrió una sensación extraña cuando entramos en el porche acristalado y polvoriento. Había una rústica mesa de madera, cuatro sillas y un perchero grande, y lo que más llamó mi atención, un centro de flores frescas. Retiré el polvo de una de las sillas con mi pañuelo, y me senté, intentando imaginar a las personas que habían vivido en ese lugar. La puerta que se encontraba a mis espaldas chirrió, y di un respingo. Luego se abrió despacio y apareció un anciano.

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