Cuando Pablo fue desafiado en su ministerio, el apóstol regresó a su llamado. Él también se dio cuenta de que cuando Dios confía un cargo, Él espera que seamos fieles a ese cargo. Este era el compromiso de Pablo.

Él Se Negó A Permitirse Ser Juzgado por Nadie (versículo 3)

Al haber aclarado su llamado y su compromiso a permanecer fiel a ese llamado, Pablo entonces les dijo a los corintios que él no se dejaría juzgar por ningún tribunal humano. “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por tribunal humano,” les dijo. La meta de Pablo no era agradar a las personas, sino a Dios que le llamó. A Pablo no le importaba si él era juzgado por las personas. Lo que los individuos dijeran de su ministerio no era tan importante como lo que dijera el Señor. Él eligió permanecer fiel a Dios en vez de a los hombres.

He encontrado que es mucho más fácil decir esto que practicarlo. ¿Cuán a menudo me he obsesionado con lo que otros pensaban de mi ministerio? Quiero caer bien. Siento la necesidad de aprecio y apoyo y a menudo miro a las personas para que me den ese apoyo y ánimo. El peligro en esto es convertirse en una persona que busca caerle bien a la gente.

A todo lo largo de las Sagradas Escrituras vemos a Dios llamando a Sus siervos a ir contra la corriente. El compromiso de Pablo era con el Señor su Dios. Él no dejaba que otros le distrajeran de su llamado. No era relevante que a las personas les agradara él y su mensaje. Lo que era importante era que él hiciera lo que Dios lo llamó a hacer.

José se hizo enemigo de la esposa de Potifar cuando se negó a acostarse con ella (Génesis 39). Aunque ella le suplicaba continuamente, él se rehusó a profanarse a sí mismo. Por esto lo encarcelaron. Daniel también se hizo muchos enemigos cuando él se rehusó a dejar de orar a su Dios (Daniel 6). Esto resultó en que le echaron en el foso de los leones. La fidelidad al llamado de Dios en nuestras vidas a veces nos conducirá a la senda del rechazo y del desprecio. Pablo no tenía ojos ni oídos para nadie más. Su compromiso era agradarle a Dios. No tenía importancia lo que otros decían o pensaban. Si vamos a ser un siervo verdadero de Dios tenemos que superar lo que otros piensen de nosotros.

Él Se Rehusó Incluso a Juzgarse a Sí Mismo (versículo 3)

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