Alicia Rández acompañó a David Vanner hasta el sótano segundo del edificio Artechnia. El director del proyecto Safety Cam 3 le había pedido que localizara en los archivos históricos de la compañía todos los documentos en soporte papel, discos compactos, memorias digitales, disquetes y cualquier tipo de material asociado a la labor realizada por Tomás Benguría en los últimos cinco años. Al parecer, antes de suicidarse, había bloqueado en el servidor de la compañía el acceso a la mayor parte del trabajo por él realizado en los diferentes proyectos en los que había estado implicado, lo que según el director Pierre Gutiérrez era una clara venganza por el reciente despido. Lo cierto era que el departamento de seguridad de La Pecera no había podido descifrar la clave para poder desbloquear aquella información. El aspirante David Vanner se había acostumbrado a llamar al Edificio Artechnia de aquella manera; le resultaba divertido que muchas de las plantas del edificio tuvieran adjudicado un sobrenombre por parte de los empleados, incluido el propio rascacielos en sí. Le hacía recordar los años de su adolescencia cuando acudía al campamento de verano que organizaba su colegio y la mayoría de los muchachos y de las diferentes áreas de la acampada tenían su propio mote. Supuso que, en cierta medida, al igual que en aquel entonces, la táctica de utilizar apodos ayudaba a rebajar la tensión que se respiraba día a día entre las paredes de aquella mole de acero y vidrio. Sin embargo, lo que había dicho el Director Gutiérrez no contribuía en absoluto a mantener la calma. Tras escucharle atentamente, a David le pareció paradójico que una empresa como aquella, que alardeaba de ser puntera a nivel internacional en el campo del software de seguridad, no fuera capaz de hallar la clave con la que el jefe de prensa había encriptado todos aquellos datos. Según Pierre Gutiérrez era vital dar con aquella maldita contraseña para poder recuperar cierta información privilegiada de la compañía, y David estaba dispuesto a contribuir a la resolución de aquel entuerto como pieza esencial en el engranaje que había ideado para conseguir llegar hacia la meta. El director se encargó de recordar a David el contrato de confidencialidad que semanas atrás había suscrito con la compañía, y, por si acaso, le prohibió expresamente comentar aquel pequeño obstáculo con el que se habían topado con nadie que no fuera adscrito al departamento. David se preguntó por qué el Director Gutiérrez le había escogido a él para aquella misión, cuando andaban tan mal de tiempo para llegar a la feria de Amsterdam.

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